Autor: Gonzalo García Andrés

Zona euro: tranquilos, seguimos a la deriva

El año pasado fue un tiovivo para la economía y los mercados mundiales. Empezó muy bien, con un ritmo alto de crecimiento sincronizado y primas de riesgo muy bajas. Luego se fue torciendo, a medida que la tenue normalización monetaria y el neoproteccionismo en Estados Unidos crearon incertidumbre e hicieron temer por la sostenibilidad del ciclo expansivo. El final de año fue pésimo, con fuertes caídas de las Bolsas y de los precios de la deuda privada, mientras el comercio mundial caía por primera vez en años. Cuando nos acercamos al final del primer trimestre, lo único claro entre la bruma es el daño sufrido por la Zona Euro. Tan fuerte ha sido el impacto sobre el crecimiento europeo, que el BCE ha dado marcha atrás en su reunión del 7 de marzo, anunciando nuevas medidas de expansión monetaria pocas semanas después de poner fin al programa de compras de activos.

La prima de ciudadanía y los derechos de los inmigrantes

Cuenta Branko Milanovic en su libro Desigualdad mundial que, a pesar del progreso reciente de países como China o India, la localización sigue dominando a la clase social como determinante de la desigualdad. El accidente del nacimiento bendice a algunos con una prima de ciudadanía: si naces en Estados Unidos tu renta media será 93 veces más alta que si naces en el Congo. Esta prima es una renta (una remuneración no merecida), que desaparecería si los trabajadores disfrutaran de libertad para decidir su lugar de residencia. Si así fuera, aumentarían tanto la eficiencia como el PIB global, pero la gran contradicción de la globalización es que el trabajo disfruta de menos libertad para moverse que los bienes y el capital.  Asumiendo las restricciones políticas en los países desarrollados para aceptar mayores flujos de inmigración, Milanovic propone rebajar los derechos de los inmigrantes legales exigiéndoles, por ejemplo, mayores impuestos u obligándolos a volver a sus países después de un período.

La prueba de la inmigración (y II)

Algunos analistas han atribuido la capacidad de España para asimilar la ola migratoria anterior a la crisis a la afinidad cultural y lingüística con los inmigrantes. Sin embargo, de acuerdo a los datos del INE, la primera comunidad inmigrante en España es la marroquí (con 769.000 personas empadronadas en España en enero de 2018) y la segunda es la rumana (673.000 personas). Así que tiene que haber otras razones que lo expliquen. Mi interpretación es que tiene que ver con la combinación de tres factores: la cultura política, las políticas públicas y una actitud ciudadana bastante abierta a la inmigración. La memoria de la emigración española de los años cincuenta y sesenta, junto con el rechazo a la xenofobia y a la exaltación de la identidad nacional en la formación de la cultura política de la democracia española habría alumbrado un entorno tolerante con la inmigración. Lo llamativo no es que esta actitud prevaleciera hasta 2007, sino que se haya mantenido durante los años duros de la crisis económica.

La prueba de la inmigración (I)

Tropecé hace unas semanas en Twitter con una entrevista en el Guardian a Hillary Clinton en la que sostenía que la receta para que Europa frenara el auge de los partidos de extrema derecha era mostrarse más dura frente a la inmigración. Alababa la decisión de Angela Merkel en 2015 sobre la acogida de refugiados, pero recomendaba mandar un mensaje firme en el que quedase claro que ya no vamos a poder dar apoyo y refugio en los mismos términos. El economista jefe del Center for European Reform, que enlazaba la entrevista, recomendaba mirar a España como ejemplo de una conversación civilizada sobre la inmigración. Nosotros, tan acostumbrados a ser los rezagados o los peores alumnos de la clase en varios frentes económicos y sociales, ¿somos un ejemplo en un tema tan complejo como la inmigración? Es una reflexión pertinente, ahora que, tras años de excepcional quietud, partidos políticos nuevos (y no tan nuevos) están proponiendo endurecer las políticas españolas sobre inmigración.

¿Se cierran las brechas?

Hay historias en las que el protagonista principal apenas se deja ver. En El sabueso de los Baskerville, el personaje central es un enorme animal, mitad perro, mitad bestia, que lleva persiguiendo durante generaciones a los miembros de una desdichada familia. Nadie lo ha visto, pero deja sus huellas en el páramo de Devonshire y condiciona la vida de sus habitantes. En macroeconomía sucede algo parecido con la producción potencial y la brecha de producción (también conocida como output gap).

¿Qué hemos aprendido sobre la inestabilidad financiera? (y IV): Más allá de la reforma

Las noticias de turbulencias financieras no nos abandonan. Durante el verano los mercados emergentes han sufrido tormenta, que ha llegado a huracán en Argentina y en Turquía. La prima de riesgo de la deuda pública italiana ha superado los 300 puntos básicos, un nivel que nos devuelve los efluvios de los años peligrosos del euro. En Estados Unidos, la reciente corrección bursátil y la discusión sobre el ritmo de subidas de tipos de interés de la Fed dejan entrever una preocupación muy extendida sobre si la economía aguantará una normalización monetaria, aun siendo moderada y gradual. ¿Estamos a salvo de la inestabilidad financiera? Pues no del todo, y no, no es por esa montaña de deuda sobre la que nos advierten de manera periódica.

¿Qué hemos aprendido sobre la inestabilidad financiera? (III): Del velo a la soga

Una de las metáforas más poderosas de la historia de la economía es la del dinero como un velo. Se ideó para desmontar la irrefrenable tendencia a equiparar el dinero con la riqueza. Aunque parezca que el dinero es lo que mueve el mundo, rezaba, en la economía es un complemento, un adorno que no afecta a sus mecanismos de funcionamiento, que deben observarse mirando a través de él. Las finanzas, íntimamente ligadas al dinero, acabaron formando también parte del velo. Sin embargo, con la inestabilidad el velo se convierte en una soga que acaba asfixiando a la economía, generando costes sociales onerosos. El primer paso de un análisis normativo de la inestabilidad pasa por evaluar estos costes, para después encontrar instrumentos que los contengan.

¿Qué hemos aprendido sobre la inestabilidad financiera? (II): Los modelos

Los banqueros centrales se mesaban sus escasos cabellos. Incluso tras conocerse ya la ola de fallidos en las hipotecas basura y el estrangulamiento de liquidez en los mercados, los modelos no les advirtieron de la debacle. Las sofisticadas herramientas para representar el funcionamiento agregado de las economías no estaban preparadas para ese fenómeno endógeno, contagioso y no lineal que esbozamos en la primera entrada de esta serie. En estos diez años se ha trabajado intensamente para paliar esta carencia, con resultados muy notables que conviene repasar, porque afectan a las posibilidades de prevenir crisis futuras.

¿Qué hemos aprendido sobre la inestabilidad financiera? (I)

Fue el sueño de cualquier anticapitalista: Wall Street mordiendo el polvo. Tanto drama produjo aquel septiembre de hace diez años que llegó a acuñar un nuevo género cinematográfico: el thriller económico. En Too Big to Fail, el telefilme que produjo HBO, se muestra a William Hurt, que interpreta al secretario del Tesoro, esbozando una sonrisa cuando le informan de que la quiebra de Lehman Brothers se había digerido sin descalabros durante las primeras horas. Fue el fugaz momento de gloria de los apóstoles del riesgo moral, que pensaban que la crisis se acabaría cuando se dejara caer a un pez gordo. Los meses que siguieron pusieron a la economía mundial al borde de una nueva depresión; consiguió que quedara en Gran Recesión, pero el desorden en las finanzas ha seguido condicionando no solo la macroeconomía, sino en gran medida también la política. Esta vuelta al cole es por tanto un buen momento para recapitular sobre lo que hemos aprendido respecto a la inestabilidad financiera: su naturaleza y causas, sus consecuencias y las implicaciones normativas.

Menos aranceles y más impuestos progresivos

El gobierno estadounidense ha decidido recurrir a los aranceles como instrumento para mitigar los efectos negativos del comercio sobre su economía. Si dejamos a un lado la retórica mercantilista, la vulneración de las normas de la OMC y la estrategia negociadora del abusón, deberíamos aceptar que existe un problema. Varios estudios empíricos recientes muestran que la exposición creciente a las importaciones ha reducido el empleo y ha elevado la incertidumbre sobre las rentas salariales de los trabajadores. Los perdedores de la globalización se concentran en determinados sectores y regiones; y la verdad es que sus pérdidas están poniendo en cuestión la sostenibilidad del grado de liberalización comercial alcanzado por la economía mundial. Pero, ¿son los aranceles la mejor alternativa de política pública? ¿Es posible conciliar la apertura comercial y la protección de los trabajadores?