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La brecha de los datos en África (I): algunas causas y consecuencias

Decía el inclasificable Georges Perec en Las Cosas que lo malo de las encuestas es que no duran mucho. Sociólogo de formación y obsesionado con las matemáticas, era un experto en acrósticos y lipogramas (composiciones en las que se omite repetidamente una o varias letras del alfabeto), llegando incluso a escribir una novela sin la letra “e”. Esto último parece ser lo que le ocurre a la economía del desarrollo en África con los datos, huérfana de uno de sus pilares fundamentales y causa de uno de los más genuinos e ilustrativos fiascos en este continente.

La cuestión de la calidad de los datos sociales y económicos tendría relativamente poca relevancia o no pasaría de ser una mera cuestión metodológica si únicamente sirvieran para fines académicos. Lamentablemente, no se puede pasar por alto la fuerte penalización infligida a los gobernantes africanos, ya de por si tremendamente influenciados por factores externos, al impedirles una visión completa de la amplia panoplia de políticas que podrían contribuir a un crecimiento económico sostenido. La cuestión clave es entonces otra ¿Por qué tomar decisiones importantes a partir de datos no fiables? Se habla permanentemente de la necesidad de diagnósticos de calidad para mejorar los procesos de toma de decisiones económicas, y se habla incluso de la necesidad de mejorar la formación de los responsables económicos nacionales africanos y de sus colaboradores más cercanos para incrementar la base racional de sus planes económicos. Sin embargo, no se habla apenas de la precariedad de los datos disponibles, piedra angular para cualquier mejora en los dos ámbitos anteriores.

Varias causas para explicar esta brecha aparecen en el horizonte africano. Por un lado, y de manera general, partimos de la base de que es sin duda más fácil dar por buenos los datos que ayudan a mantener la vigencia de nuestras percepciones (y de las del sentir general) que perseguir con ahínco la mejora sistemática de la información relevante. Incluso aunque pudiera incrementar la credibilidad de las predicciones económicas y un mejor seguimiento del desarrollo económico. En África hemos sido testigos hasta ahora de la presencia de patrones laborales y sociales plagados de lugares comunes y aproximaciones burdas, percepciones erradas e incluso falacias de composición (asumir que lo cierto para una parte lo es también para el todo). En el mejor de los casos esto ha supuesto la extrapolación acrítica del conocimiento generado en otros continentes, y en el peor, los datos recolectados se han utilizado con intenciones poco científicas, léase corroborar teorías precocinadas con base fundamentalmente ideológica, como mencionábamos aquí.

Por otro lado, los economistas, tan escrupulosos a veces en el manido uso de los postulados neoclásicos y la matemática para dotar de credibilidad a sus teorías, han minusvalorado tradicionalmente el esfuerzo que se debería hacer en África para tener buenos datos de partida y proporcionar el rigor necesario a los estudios económicos en este continente. Acostumbrados todavía a abordar los complejos asuntos del desarrollo de estos países como si fueran sencillos ajustes econométricos, la recolección y utilización de los datos necesarios sigue habitualmente rutinas obsoletas, ayunas de innovación y completamente acríticas. Esto se muestra en toda su crudeza en la permanente displicencia con que se tratan los numerosos hechos estilizados (regularidades empíricas que la teoría debe tratar de explicar), que pasan por delante de los expertos sin incorporarse al conocimiento existente. La heterogeneidad africana y la dificultad y coste de los trabajos de campo significativos, así como la debilidad de los actores nacionales, son excusas frecuentemente escuchadas para ponderar esa falta de atención a los hechos estilizados, pero no justifican en absoluto la ausencia de prioridad de esta auténtica brecha del conocimiento. En vez de esto, se sigue insistiendo en interpretaciones nuevas del corpus de datos ya existentes, lo que trae consigo discusiones y reflexiones que bien podrían ser tachadas de “hechos alternativos”.

A esto se debe añadir que la importación de los sistemas estadísticos desde los países más desarrollados, positiva en sus orígenes, ha desembocado posteriormente en unos sistemas inadaptados a la realidad de cada país. Es como si lo correcto para la recolección de datos y estadísticas en Europa debiera serlo también por fuerza en África. La realidad es que esa estandarización excesiva a nivel global acaba imponiendo graves fallas en los sistemas estadísticos nacionales africanos ¿Se imaginan que en Europa se estuviera hablando de la credibilidad de los desastrosos datos económicos actuales causados por la Covid-19 en vez de centrar el debate en las bondades o fallas del Plan de Reconstrucción Europeo? Paradójicamente, y gracias al interés y apoyo del FMI en la mejora de la recolección de los datos económicos, las brechas más significativas se producen no tanto en la medición directa de datos económicos –y, por tanto, en las contabilidades nacionales–, sino en la medición de datos relacionados con la geografía humana y laboral, aspectos de los que el FMI obviamente se desentiende.

Como atenuante, es evidente que el esfuerzo de recogida de datos en África lamentablemente no está al mismo nivel que el que se realiza en Europa, EEUU o incluso Asia, donde la sociología ha ido perfeccionando sus métodos de trabajo. Esto ha significado también una adaptación a la realidad cambiante de las sociedades y a la necesidad de escudriñar de manera más efectiva los rincones de la organización social, y así obtener informaciones más valiosas para la decisión de individuos, empresas, y gobiernos. Pero es menos razonable que, en series de datos discrepantes, no se aborde con rigor al menos una explicación racional para estas. Sin embargo, sin haberse valorado suficientemente cuál de ellas tiene más visos de verosimilitud, demasiado a menudo se opta por utilizar la menos desfavorable para la hipótesis de partida de los programas económicos.

Todo ello a pesar de que estamos, sin duda, ante el caldo de cultivo perfecto para la promoción de errores (habituales, por otro lado) en la selección de beneficiarios de los programas gubernamentales de reducción de la pobreza, ya sean propios o financiados parcialmente por el sistema de cooperación internacional. De hecho, es uno de los resultados colaterales más patentes de esta brecha estadística, en un sector –no lo olvidemos– que podría tener acceso a las últimas innovaciones (big data, imágenes de satélite de cultivos y urbanización…) y que podría contar con financiación global suficiente como para abordar esta enorme brecha con cierto optimismo. Aunque es cierto que la selección de estos beneficiarios es un aspecto a menudo contraintuitivo, que procura “falsas pistas” con relativa facilidad, es evidente que la ausencia de datos actualizados y precisos sobre la movilidad social y laboral contribuye decisivamente a reforzar visiones enlatadas de cómo cambiar la realidad, que generalmente fracasan. Con el agravante de que cada vez hay más programas que utilizan este tipo de datos como punto de partida, en consonancia con una mayor ansia de opciones políticas basadas en evidencias racionales. Lo que paradójicamente lo empeora todo, al sobredimensionar de manera descarnada el tan familiar efecto garbage in-garbage out.

A pesar de que algunos autores consideran desde hace tiempo el cierre de esta brecha “repleta” de datos erróneos e incompletos como la mayor prioridad para el desarrollo de África, la tendencia no acaba de corregirse.  Estos autores suelen cargar, no sin razón, todo el peso del desastre en los propios países africanos, pero no hay que confundirse de prioridad. La cuestión es que no se deberían tomar decisiones de política económica sin el soporte de buenos datos de partida y esto es un reto para la mayoría de las naciones africanas. Para que los sistemas nacionales de datos sean percibidos como una prioridad por sus gobiernos y puedan funcionar como se espera, debería ser un objetivo primordial previo la financiación y apoyo de suficientes equipos de funcionarios cualificados, con los medios necesarios, así como el fomento de adaptaciones locales de las metodologías aplicadas en otros países. Esto permitiría utilizarlos de manera sistemática como base común de iniciativas con diferentes enfoques económicos, y sobre todo abriría la puerta a derivar la crítica hacia el desempeño propio de las diferentes políticas.

Por mucho que esto debiera ser la clave de bóveda del desarrollo en África, la vía de aumentar su fiabilidad no parece ser por ahora campo suficientemente atractivo para los expertos ni donde vean muchos incentivos los donantes. Tampoco instituciones claves como el Banco Mundial o el Banco Africano de Desarrollo. Esta dejadez, cuando no la utilización tendenciosa de los datos para reafirmar teorías y principios éticos o ideológicos propios no está precisamente ayudando a los responsables económicos a corroborar en el medio plazo algunas de sus políticas y poder profundizar en las reformas necesarias en el largo plazo.

Georges Perec, que vivió el trauma francés de la Guerra de Argelia, pero no el boom de la sociología del desarrollo en África, de haberlo vivido habría seguramente dicho que lo malo de las encuestas en África es que sirven más que nada para despistar…

 

El continente africano como zona de libre comercio

Aunque muchos lo consideran un “sueño imposible”, hay algunas señales positivas sobre la construcción de una África unida desde el punto de vista comercial. En efecto, la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio del Continente Africano (AfCFTA) o Zona de Libre Comercio (ZLEC) el 7 de julio de 2019 constituye un hito indiscutible en este continente, que hasta ahora estaba dividido en bloques regionales. Con la confirmación de la entrada en este proyecto de Nigeria, la mayor economía africana, la iniciativa cobra sin duda un mayor alcance.

Inversión en desarrollo

Como parte del debate en torno a las recientes crisis migratorias han surgido múltiples voces en favor de insistir en medidas que fomenten el crecimiento y den oportunidades a los países en desarrollo emisores de esos flujos para que no tengan tantos incentivos a dejar su país en busca de una vida mejor. No obstante, parece que diversos estudios ponen en duda que ese progreso en el país origen vaya a frenar este flujo hacia economías más desarrolladas. Todo lo contrario, en el corto y medio plazo incluso se puede ver incentivado al permitir a muchos acumular los recursos para poder costearse la emigración (aquí).

La lógica del puente frente al muro

Al mismo tiempo que EEUU lanza una ofensiva decidida para aumentar las barreras arancelarias a diversos productos como el acero y el aluminio, en África diversas iniciativas apuestan por abrir sus fronteras comerciales. El pasado 21 de marzo 44 Jefes de Estado de la Unión Africana (formada por 55 miembros) firmaron la creación de la ZLEC, la Zona de Librecambio Continental. Se han firmado tres acuerdos: la declaración de Kigali, que crea la zona de librecambio continental; el protocolo de librecambio, en cuanto a bienes y mercancías y el de libre circulación de personas en el continente. Para que este acuerdo en vigor, al menos 22 de los firmantes tendrán que ratificarlo. La ZLEC es un mercado de 1.200 millones de consumidores, un PIB acumulado de 2,5 billones de dólares (datos del Banco Mundial) y una demografía al alza.

La debilidad de la I+D+i en España en cuatro gráficos y dos mapas

La economía española tiene una intensidad en I+D+i (investigación, desarrollo e innovación) por debajo de los países de nuestro entorno. La I+D+i constituye un elemento central para el aumento de la productividad y el crecimiento a largo plazo, cuyo impacto queda englobado en el cajón de sastre que compone la productividad total de los factores (PTF, aquella ligada a factores distintos del trabajo y el capital). España  arrastra un problema de baja PTF en la que también influyen otros elementos cuya debilidad analizábamos en otras entradas, como la calidad de las instituciones o la educación. Aquí se sintetizan algunos de los principales elementos de la fragilidad de la I+D+i en España, que suelen publicarse recurrentemente en distintos informes internacionales.

Myrdal: la actualidad del economista moral

En 1954 el Tribunal Supremo de Estados Unidos adoptó una de sus decisiones más trascendentes del siglo XX, la de Brown contra el Consejo de Educación, que declaró inconstitucional la segregación en la educación pública. En la sentencia, los jueces introdujeron como elemento determinante el daño psicológico irreversible que podría causar a los niños la separación por razas, apoyándolo en la investigación reciente en ciencias sociales. En esa famosa nota al pie número 11, el último de los trabajos citados era An American Dilemma, publicado por el economista sueco Gunnar Myrdal diez años antes. Encontré uno de sus últimos libros publicados (Against the stream, 1972) en una librería de segunda mano del Eastern Market en Washington D.C. y me ha llamado la atención lo pertinentes que son sus preocupaciones para los debates actuales.

Estados fallidos y clásicos fallidos

En una visita a un país en desarrollo con serios problemas institucionales pude ver en la mesa de trabajo de una distinguida representante de una importante institución internacional un ejemplar del libro de Daron Acemoglu y James Robinson “Por qué fracasan los países” (Why Nations Fail) con signos claros de uso, como varios marcadores de páginas y profusos rastros de rotulador fluorescente. Yo contaba con un ejemplar del libro desde hacía tiempo pero no me había atrevido con él. Había llegado pues el momento de leerlo, con la esperanza de encontrar claves sobre el origen de los problemas de los estados fallidos, la oligarquía y el clientelismo, que había podido ver de cerca, y cómo abordarlos.

¿Emerge África?

En la reciente Celebración en Abidján de la segunda Conferencia sobre la Emergencia en África organizada por el PNUD, el objetivo de la mayor parte de los países asistentes era poder entrar en un plazo relativamente corto en la clasificación de país emergente. Los líderes africanos daban definiciones genéricas de lo que se considera por este término: aquel que tiene una elevada tasa de crecimiento del PIB, que se diversifica, que ve aumentar sus infraestructuras, que ve crecer la clase media, y que desarrolla los servicios sociales como la salud y la educación en el marco de una economía abierta. El Presidente de Costa de Marfil, anfitrión de la conferencia, citaba entre las risas de los asistentes la respuesta de un ciudadano en una encuesta: “Emerger es cuando tienes la cabeza dentro del agua y la sacas”

Combatir la pobreza reduciendo la desigualdad

Durante muchos años el análisis de la distribución de la renta y de la desigualdad tuvo un carácter secundario dentro la teoría económica, y generalmente se estudiaba dentro de las teorías del desarrollo, es decir, en el marco de comparaciones entre países. La convicción general de que para poder redistribuir la riqueza había que generarla primero hizo que el análisis del crecimiento y sus determinantes acaparara gran parte de la atención académica.

Pero los tiempos cambian, y hoy en día el estudio de la desigualdad es uno de los ámbitos de investigación económica más pujantes. Autores como Thomas Piketty o Branko Milanovic –dignos herederos del gran Tony Atkinson– aparecen hoy en las listas de economistas más influyentes y sus libros en las listas de los más vendidos.

No obstante, aún son muchas las voces que defienden que lo importante no es combatir la desigualdad, sino terminar con la pobreza. Los argumentos empleados, sin embargo, suelen adolecer de tres errores: confundir la desigualdad a nivel internacional con la desigualdad interna o intranacional, subestimar la relación entre desigualdad y crecimiento y sobreestimar la relación entre redistribución y crecimiento.

La Gran Convergencia: guía para entender la globalización

En tiempos de posverdad, neoproteccionismo y neopopulismo resultan imprescindibles los libros que aporten ideas, explicaciones y datos contrastables al debate sobre la globalización. The Great Convergence: Information Technology and the New Globalization, de Richard Baldwin (Harvard University Press, noviembre de 2016; no existe aún edición en español), es por suerte uno de ellos, y además uno de los mejores que se han escrito sobre el tema en los últimos años. No es de extrañar por tanto que haya sido seleccionado como uno de los libros del año 2016 por el Economist y por el Financial Times.