El viejo nuevo orden económico mundial

Los dos acontecimientos geopolíticos más importantes de los últimos años, la guerra tecnológica entre Estados Unidos y China y la invasión rusa de Ucrania, han generado un gran debate sobre una posible transición hacia un nuevo orden económico mundial. Y es verdad que este está cambiando, pero no en el sentido en que muchos creen.

Así, por ejemplo, el sistema monetario internacional es mucho más inercial de lo que se piensa. Es cierto que las sanciones financieras occidentales a Rusia tras la invasión fueron novedosas y atrevidas (incluyendo el bloqueo de las reservas internacionales), y que ese movimiento hizo reflexionar a diversos países emergentes sobre el riesgo de una sobreexposición a divisas occidentales (especialmente a China, que toma nota de los errores a evitar en caso de conflicto abierto con Estados Unidos). Se dijo entonces, como tanta otras veces, que el predominio del dólar estadounidense (y del euro) corría peligro.

Pensar eso, sin embargo, supone no entender bien la oferta y demanda de divisas internacionales. Para que una divisa sea utilizada de forma amplia como moneda de reserva internacional se requieren al menos tres cosas. En primer lugar, que sea plenamente convertible (es decir, que no exista ninguna restricción para su compraventa, tanto por motivos comerciales como financieros). El rublo y el yuan no lo son, y eso reduce mucho su demanda (¿quién quiere mucho dinero en una moneda que no sabe si va a poder convertir a euros o dólares?). En segundo lugar, unos mercados de capitales amplios y líquidos, donde se puedan emitir, comprar y vender bonos, obligaciones, acciones, etc. con gran facilidad. En este sentido, el tamaño de los mercados financieros estadounidense y europeo está aún a años luz del chino. Finalmente, una cierta estabilidad económica y regulatoria, algo que siempre es más probable en democracias consolidadas.

Todo eso explica que el dólar siga representando el 60% de las reservas mundiales, el euro el 20% y el yuan no llegue al 5%. El peso del dólar en las reservas mundiales es aproximadamente tres veces el peso de Estados Unidos en la economía mundial y el del euro está cerca del peso de la eurozona, pero el yuan juega muy por debajo del peso de China, por lo anteriormente expuesto. Quien crea que el petróleo va a cotizar algún día en yuanes anda bastante desencaminado.

El caso de rublo es aún más evidente, ya que Rusia ni siquiera supone una gran parte del comercio mundial. Como ya señalábamos, la economía rusa no deja de ser, desde el punto de vista de su estructura productiva, la de un país en desarrollo (productor y exportador de materias primas y energía e importador de bienes de equipo y tecnología). Se ha insistido mucho en que las sanciones no estaban afectando a Rusia, pero eso no es verdad: simplemente, se ha sostenido financieramente porque los precios del gas y del petróleo se dispararon por la incertidumbre. El rublo no se puede decir que aguantara bien, más que nada porque su negociación diaria en el mercado spot y de swaps cayó un 80% en solo cuatro meses, y al Banco Central de Rusia no le ha costado demasiado mantenerlo gracias a la constante entrada de reservas. Pero hoy las divisas ya no fluyen como antes: por un lado, la desaceleración económica y otros factores han hecho caer el precio de la energía; por otro, las sanciones han obligado a Rusia a pagar mucho más en el mercado negro por componentes tecnológicos que antes adquiría sin problemas de Occidente. Con más gasto de reservas para pagar importaciones y menos entrada de reservas por exportaciones, no es de extrañar que el Banco Central de Rusia se viera obligado en agosto a elevar los tipos de interés hasta el 12% para sostener el rublo y contener la inflación. Se ve ahora que la famosa exigencia del pago del gas en rublos no dejaba de ser un mensaje político sin consecuencias económicas relevantes.

Ahora bien, si en el mundo monetario no estamos viendo grandes movimientos tectónicos, ¿dónde podemos decir que el orden económico mundial sí que está alterándose? A mi juicio, en dos ámbitos: el comercial y el multilateral.

Del primero ya hemos hablado mucho en esta columna, aunque no hay que apresurarse: no vamos tanto hacia una desglobalización como hacia una reorientación de la globalización, con la aceleración de tendencias que ya venían produciéndose, como una regionalización de las cadenas de suministro mundiales (menos flujos entre bloques, pero más dentro de cada bloque), una relativa caída de los flujos de bienes intermedios que en algunos casos podrían reemplazarse por servicios (quizás veamos más componentes impresos en 3D y menos importaciones) y posibles cambios en la inversión directa (que aún no refleja cambios profundos, pero no es descartable que lo haga en el futuro).

En el mundo multilateral las cosas también se están moviendo, entre otras cosas por el impacto institucional de los conflictos geopolíticos. Conviene ser escépticos respecto a la formación de potentes bloques alternativos a Estados Unidos y a la Unión Europea. Así, la reciente ampliación de los BRICS (el bloque de cooperación formado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) a Argentina, Arabia Saudí, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía e Irán (que entrará en vigor en enero de 2024) puede tener una cierta importancia simbólica, pero no tanto práctica. Ha sido China quien, como líder económico del bloque (su PIB representa el 70% del total) ha impulsado esta ampliación para reforzar su papel de líder del “mundo alternativo”, pero no hay que engañarse: muchos de los miembros están mucho más cerca de Estados Unidos y la UE que de China, aunque les guste cortejar a la potencia asiática y desempeñar un papel ambiguo; otros, como India, no están dispuestos a que China lidere el denominado “Sur Global”. La declaración conjunta de los BRICS no deja de ser, en cierta medida, una invocación general a estrechar los lazos (incluidos los monetarios), pero sin grandes avances de calado.

Ahora bien, mucho cuidado con interpretar esta resistencia del viejo orden económico internacional como una señal de triunfo, por tres motivos: primero, porque la polarización geopolítica es una realidad innegable; segundo, porque existe una notable decadencia dentro de la cooperación occidental (no hay más que ver el estancamiento de la reforma de la Organización Mundial de Comercio, bloqueada principalmente por Estados Unidos, o la guerra de subsidios industriales); y tercero, porque el liderazgo político de  Estados Unidos es extremadamente volátil: si Trump llegara de nuevo al poder, quizás en vez de “nuevo orden” tendríamos que hablar de “nuevo caos” económico internacional.

 


Este artículo fue publicado originalmente en vozpopuli.com (ver artículo original)