El despertar de una ilusión

El hecho de que, tras la dimisión de Liz Truss, se contemplara la posibilidad del retorno de Boris Johnson como primer ministro es el mejor indicador de hasta qué punto el partido conservador británico está perdido en un laberinto del que no sabe salir. Convertido en una especie de club de fútbol que, tras presentar con alharaca al nuevo entrenador, lo echa a patadas al domingo siguiente tras la primera derrota, el grupo parlamentario de los tories se enfrenta a un escenario problemático.

En primer lugar, su nuevo primer ministro, Rishi Sunak, habrá de ganarse la confianza no sólo de los mercados, sino también de unas bases que en su día le rechazaron (siempre fue el preferido de los parlamentarios conservadores para sustituir a Johnson, pero el voto de las bases del partido fue para Truss; ahora éstas no han tenido ocasión de pronunciarse). En segundo lugar, no pueden convocar elecciones, porque las últimas encuestas les dan a los laboristas una histórica ventaja de más de 30 puntos, y el escenario que se aproxima no va a ser precisamente fácil para recuperar votos. Y, en tercer lugar, no pueden retractarse ya más atrás de sus políticas porque del último “U-Turn” casi se rompen la espalda y porque renegar de muchos aspectos económicos vinculados al Brexit sería equivalente a reconocer el (evidente) fracaso de su estrategia.

El nuevo primer ministro habrá de cumplir los exigentes requisitos del partido conservador, que desde 2015 se caracterizan, esencialmente, por ser incompatibles con la realidad. Al inquilino del 10 de Downing Street se le pide que sea creíble en materia económica, pero acérrimo defensor del Brexit; que arregle el problema de la incertidumbre que, según el Banco de Inglaterra, viene deteriorando la inversión desde hace años, pero que derogue la demoníaca legislación europea; que solucione rápidamente los problemas de escasez de mano de obra en múltiples sectores como el turismo, la alimentación o el transporte, pero mantenga las duras restricciones a la inmigración; que evite una política fiscal expansiva (para hacerla compatible con una política monetaria que intenta a la desesperada contener una inflación de dos dígitos) pero contente a unos votantes que quieren menos impuestos. En suma, se le pide que sea un primer ministro capaz de soplar y sorber al mismo tiempo.

Rishi Sunak, hijo de emigrantes indios, educado entre el Reino Unido y Estados Unidos, millonario por profesión y por matrimonio, no tiene un papel fácil. Es brexiteer de primera hora, de modo que su lealtad a la causa ya no tiene que demostrarla. En su haber destacan sus advertencias al peligro de una política fiscal expansiva en un contexto de lucha contra la inflación y sus críticas al plan de Truss antes de que se aprobara, lo que parece demostrar una mínima solvencia económica. Y ha echado a Jacob Rees-Mogg, lo que es una prueba de sentido común. Ahora bien, también le exigirán que cumpla promesas un poco peligrosas, como la que sostuvo en el vídeo de su campaña contra Truss de crear una “unidad de implementación del Brexit” que derogue toda la legislación europea… en el plazo de 100 días. Ante una población que piensa ya mayoritariamente que el Brexit fue un error (un 54% frente a un 34%, la mayor diferencia desde el referéndum), Sunak recibirá la presión de sus parlamentarios para seguir enfrentándose a la UE en una batalla baldía.

Lo que al menos resulta cada vez más evidente, no sólo para la población, sino también para el propio partido conservador, es que hay que renunciar a algunas cosas para poder acceder a otras. Poco a poco, la realidad de la soledad del Reino Unido tras el Brexit se va poniendo de manifiesto. La crisis de la libra ha sido un buen baño de realidad, la constatación de que la Global Britain, el imperio que iba a resurgir de sus cenizas, ha estado a punto de perecer en la hoguera de los mercados por falta de humildad.

La deuda y la moneda británica se han hundido no porque el Reino Unido no pueda pagar su deuda, sino porque los mercados le han recordado que es un país pequeño y que la demanda de libras no puede ser infinita. Un mercado en el que los grandes fondos de pensiones se han apalancado usando como colateral una deuda nacional que se ha depreciado a base de estirarla para cubrir una absurda política fiscal expansiva. El Reino Unido se cree Estados Unidos, pero no lo es. EEUU puede permitirse extravagancias porque es un mercado de 330 millones de habitantes, con un PIB de 21.000 millones de dólares, autosuficiente en materia energética y que ha recuperado ya sus niveles de gasto prepandemia. El Reino Unido es un mercado de 67 millones de personas y un PIB de 2.700 millones de dólares, cada vez más alejado política, jurídica y económicamente de la UE y con el crecimiento más débil de la OCDE. En momentos de zozobra, ¿quién quiere moneda o deuda de un país pequeño?

Por supuesto, también España es un país pequeño, como lo es Italia, o incluso Francia. Todos en Europa lo somos. Por eso, en el peligroso mundo actual, la única forma de adquirir un tamaño suficiente para sobrevivir es mediante la integración económica y financiera. La UE, ahora desprovista del lastre británico que le impedía una unión cada vez más profunda, debería aprender las lecciones de la crisis de la libra: sin una adecuada diversificación geográfica del negocio financiero (es decir, sin una unión bancaria y del mercado de capitales), y sin un activo seguro europeo de baja volatilidad (del cual los bonos Next Generation EU son un buen comienzo), algunos países de la eurozona están condenados a ver una reducción del precio de su antigua deuda a medida que se incrementa el coste de la nueva, y por tanto un debilitamiento de las entidades que la acumulan en sus balances. Porque, para que un activo de deuda sea seguro, no sólo ha de garantizarse su pago, sino también la estabilidad de su precio.

Los mercados han despertado al Reino Unido de la ilusión de que siempre habrá demanda para su deuda, porque nadie quiere invertir en un mercado sin expectativas de crecimiento y con políticas fiscales inconsistentes. El nuevo primer ministro del Reino Unido ya viene con la lección aprendida. Ya sólo falta que la aprendan también los presidentes y primeros ministros de la eurozona y reparen en que, sin unión bancaria y sin un activo seguro europeo, el riesgo de una crisis de deuda soberana va a estar siempre ahí.

Y a quien diga que el Banco Central Europeo siempre puede comprarla, que mire a lo que pasó con el Banco de Inglaterra. La crisis británica es un excelente recordatorio de que los gobiernos no pueden desafiar el mandato del banco central contra la inflación con políticas fiscales absurdamente expansivas. El BCE es un seguro, pero no un seguro a todo riesgo. También los gobiernos europeos deberían despertar de esa peligrosa ilusión.

 


Este artículo fue publicado originalmente en vozpopuli.com (ver artículo original)

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