Cuento de Navidad

El líder del partido en el gobierno se arrojó sobre la silla de su despacho, agotado.

– ¡Qué difícil es aguantar cada día las miradas de los socios! Así no hay quien gobierne. ¡Es imposible controlar la situación cuando no te fías de quienes votan tus presupuestos!

– Tú los elegiste de compañeros de viaje –respondió el jefe de gabinete–. Ahora, aguanta las consecuencias. Necesitas sus votos para seguir.

– ¡Pero es que no se contentan con nada! ¡Son insaciables!

– Bueno, han sido así siempre –replicó el jefe de gabinete, sin levantar la mirada de sus papeles.

Tras un largo silencio, el líder dijo:

– Estaba pensando una cosa… ¿Y si les prometo un referéndum?

El jefe de gabinete se levantó de su silla, asustado:

–¿Un referéndum? ¿Estás de broma?

– Hombre, no ahora mismo, sino dentro de unos años. Y no un verdadero referéndum. Ya sabes lo que le decía Humpty Dumpty a Alicia: “cuando yo uso una palabra, significa exactamente lo que yo quiero que signifique”.

– Lewis Carrol era profesor de lógica, pero yo no le encuentro la lógica a lo que estás diciendo.

– Mira, diremos que es una “consulta”, sólo una consulta. Que no es vinculante, sino meramente informativa, para saber lo que piensa la gente. Total, la ganamos seguro, si es que de verdad se llega a celebrar. Lo que quiere la gente es poder votar. Y con esta promesa nos aseguramos el apoyo de nuestros socios durante unos cuantos años.

– Bueno, eso de que la gente quiere votar… Querrá votar una parte, como mucho. Otra parte no tiene ningún interés, o no se lo planteaba. O incluso tienen miedo de votar. Ya sabes que este tipo de votaciones las carga el diablo.

– Te lo digo yo, lo que quiere la gente es poder expresar su opinión.

– En cosas verdaderamente complejas es difícil poder estar seguro hasta de la propia opinión. Pesan mucho más los sentimientos. ¿Y cómo va a reaccionar la opinión pública?

– Hombre, no se le puede decir así, de sopetón. Lo haremos poco a poco. Si nos preguntan, diremos que no está en nuestra agenda política. Con el tiempo,  dejaremos caer que nos estamos planteando hacer una consulta, pero no vinculante, para que los ciudadanos puedan expresarse con libertad.

– ¡Ya pueden expresarse con libertad! –replicó el jefe de gabinete.

– Me refiero a que puedan votar lo que les dé la gana sobre el tema que les dé la gana. Eso me hará ganar su confianza.

– Me da miedo esa seguridad.

– Mira, a la gente le termina pareciendo normal casi todo, si se le presenta con un poco de inteligencia. Diremos que en todas las democracias se vota. Pondremos el ejemplo de… ¡Suiza! Iremos aumentando poco a poco el margen de lo aceptable.

–¿Y qué pasará si al final se celebra y el resultado no es el previsto?

– Eso es imposible, hombre. En cualquier caso, si llegara el caso, negociaríamos. Y siempre tenemos el apoyo de Europa. Ya sabes, Bruselas está siguiendo este tema muy de cerca y le aterroriza la posibilidad de un referéndum. Es abrir la caja de Pandora. Si nos pasa a nosotros le puede pasar a cualquier país europeo. Podemos contar con su apoyo.

– No sé… ¿Y quién podrá votar en ese referéndum? ¿Podrán votar los no residentes? ¿Los que viven en el extranjero? El diablo está en estos pequeños detalles como el censo.

– Haremos algo que sea sencillo. Como nos metamos en jaleos legales, estamos perdidos.

– Hablando de jaleos legales, no estoy seguro de que el gobierno pueda convocar un referéndum de estas características.

– ¿A qué te refieres?

– Afecta a la soberanía nacional, y la soberanía nacional reside en el Parlamento. Y una decisión de este calibre requiere unas mayorías reforzadas. A ver si va a resultar que exigimos mayorías reforzadas para cosas bastante triviales y vamos a permitir que la mayoría simple de los diputados decida sobre el futuro de las próximas generaciones.

– No la mayoría del Parlamento, sino la mayoría de los ciudadanos.

– Peor me lo pones.

– Bueno, si tenemos problemas jurídicos, ya los solucionaremos. Debemos asegurarnos lealtades en ese aspecto. Pero insistiremos en que “hay que dejar hablar al pueblo”, ¿no te parece?

– Uf, no me gustan esas frases. Cada vez que oigo a un líder hablar del pueblo, me pongo en lo peor. Aparte de que unos llaman pueblo al Parlamento, otros a los ciudadanos y otros sólo a los ciudadanos que le apoyan.

El líder estaba ya cansado de discutir, y pensaba sinceramente que su idea era buena y que su jefe de gabinete no la entendía, así que zanjó la conversación:

– Bueno, dejémoslo, que tengo que leerme unos papeles antes de irme a casa.

– Espero que sepas lo que vas a hacer –dijo el jefe de gabinete, mientras recogía sus cosas y abría la puerta–. ¿Cómo llamarás a la consulta?

– El año pasado leí una expresión en la prensa que me gustó, ¿cómo era…?

– ¡Brexit!

* * *

David Cameron se despertó sobresaltado. Como tantas otras veces por esta fechas, el Fantasma de las Navidades Pasadas se había introducido en sus sueños y le había llevado de vuelta a las de 2013. Pronto se cumplirá una década del fatídico 23 de enero de 2013 en el que, para mantener el apoyo de los euroescépticos de su partido, decidió hacer pública su promesa de celebrar un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Pensaba que, en el fondo, ese referéndum jamás se celebraría. Y que, si se celebraba, lo ganaría de calle. Pero calculó mal, y por el camino dividió a los ciudadanos, dañó el prestigio del país, de la Justicia, de sus políticos; arruinó su economía y, lo que es peor, el futuro de muchas generaciones. Nunca hay que dejar de recordarlo.

 


Este artículo fue publicado originalmente en vozpopuli.com (ver artículo original)

 

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