ABBA, Carl Sagan y el calentamiento global

En 2017 Benny Andersson y Björn Ulvaeus, una pareja de genios de la música pop –sólo comparable a la de John Lennon y Paul McCartney respecto a la música rock– decidieron sumarse al resto de miembros de ABBA (Agnetha Fältskog y Frida Lyngstad) en un atrevido proyecto: crear, con ayuda de la productora de George Lucas, avatares tecnológicos del grupo para actuar en un escenario en Londres construido especialmente para la ocasión.

Para evitar que sus “dobles” tecnológicos se limitaran a interpretar su viejo repertorio, los componentes de ABBA se reunieron en el estudio de Andersson en Estocolmo para grabar un par de canciones nuevas. Lo pasaron tan bien que se animaron a añadir unas pocas más y sacar su noveno álbum, Voyage, publicado el pasado 5 de noviembre con gran éxito de ventas.

Lo curioso es que, durante muchos años y pese a su enorme fama, nadie se tomó demasiado en serio a ABBA, bien porque se dieron a conocer a través de Eurovisión (tras años de intentar en vano editar algún disco fuera de Suecia), por su extravagante vestimenta, por la ligereza de alguna de sus primeras letras o por limitarse a grabar hermosas canciones en una época en la que se exigía de los músicos un cierto compromiso social (aunque siguieron viviendo en Estocolmo, donde el tipo marginal del IRPF de entonces superaba el 80%).

En agosto de 1982, poco después de publicar The Visitors y dejar los escenarios, ABBA grabó dos “singles” más, canciones excelentes que reflejan muy bien su madurez creativa. Una de ellas, The Day Before You Came, alcanzó cierta fama, pero la otra, Cassandra, pasó desapercibida. Narra la historia clásica de Casandra, la hermosa hija del rey Príamo de Troya, quien fue cortejada por el dios Apolo. Este, al ver que Casandra no accedía a sus favores, intentó sobornarla otorgándole el don de la profecía. Casandra aceptó el don, pero no el amor de Apolo quien, enfurecido pero incapacitado para deshacer su regalo, decidió complementarlo con una maldición: nadie creería nunca a Casandra. Y así fue: se cansó de advertir de la caída de Troya a manos del rey griego Agamenón; fue desterrada a Micenas como concubina de dicho rey y nadie le hizo caso cuando predijo su asesinato a manos de su esposa Clitemnestra, ni cuando anunció su propia muerte. La canción de ABBA era magnífica, pero le pasó como a su protagonista: nadie la escuchó.

Pero, al igual que a Casandra, a ABBA el tiempo le terminó dando la razón. Sus canciones han seguido sonando durante varias décadas entre distintas generaciones, revividas por múltiples películas y musicales. El motivo es evidente: detrás de ellas había una calidad y una profesionalidad indudables. Así lo reconocieron colegas como John Lennon, Pete Townshend de The Who, Glen Matlock de Sex Pistols o Bono de U2, entre otros.

También a mediados de los 80, uno de los mejores científicos y comunicadores del siglo XX, Carl Sagan (autor de la maravillosa serie Cosmos), se sentía como Casandra. Aparte de asesorar a la NASA en su exploración espacial, se dedicaba a advertir públicamente de los peligros del calentamiento global, sin que los políticos le hiciesen demasiado caso. Sagan explicaba por qué Venus, con similar masa, tamaño y densidad que la Tierra, tiene una temperatura de más de 450 grados, cuando debería ser más frío que nuestro planeta (está más cerca del Sol, pero tiene una densa red de nubes que reflejan los rayos solares). El motivo es la elevadísima concentración de CO2 en su atmósfera que genera un fuerte efecto invernadero. Un poco de este efecto es necesario (sin él, la temperatura en la Tierra sería de 20 grados bajo cero) pero su exceso supone una amenaza para los seres vivos.

En sus magníficas intervenciones ante el Congreso estadounidense en 1985 (frente a un jovencísimo e impresionado Al Gore) o en la Universidad de Cornell en 1990, un preclaro Sagan explicaba que, aunque hay efectos de realimentación que compensan el incremento del CO2, otros mayores lo aceleran; advertía –mucho antes que Nassim Taleb– que los eventos de altísimo impacto exigen acción preventiva incluso ante probabilidades de ocurrencia no muy elevadas; destacaba la importancia que podría llegar a tener China en las emisiones globales; y, sacudiendo a tirios y a troyanos, recordaba que la energía nuclear, sin ser de su agrado, era una excelente solución temporal no emisora de CO2 mientras se invertía en energías alternativas. ¿Les suena?

Hablando de troyanos, Carl Sagan –gran amante de los clásicos– decía que, al hablar de cambio climático, los políticos escuchan las profecías de Casandra, pero las desatienden porque a nadie le gusta que le den malas noticias ni dárselas a sus votantes. Y añadía que se comportan más bien como el rey Creso de Lidia, quien intentó invadir la Persia de Ciro –con desastrosas consecuencias– al interpretar de forma demasiado optimista el Oráculo de Delfos, que le dijo que, si lo hacía, “caería un gran imperio”, sin reparar en que hablaba del suyo.

Sagan, pese a su fama, se sentía como Casandra, incomprendido (y eso que distaba de ser un alarmista); o como ABBA, escuchado por muchos, pero tomado en serio por muy pocos. Y en esas estamos todavía. La COP26 de Glasgow no deja de ser un avance insuficiente en cuanto a tratamiento global y sistemático del problema del calentamiento global. Muchos políticos siguen escuchando a oráculos que niegan que vaya a haber ningún problema porque la temperatura media suba unos grados (olvidando que detrás de cada media hay una varianza, o el posible efecto de un par de grados sobre la agricultura o las corrientes marinas); otros se centran en destacar los beneficios de la transición ecológica, olvidando los costes sociales y el impacto sobre la desigualdad de eliminar de golpe los combustibles fósiles; otros prometen el oro del rey Creso de las renovables, pero se empeñan al mismo tiempo en anticipar el cierre de las nucleares; y otros anuncian un apocalipsis inmediato para justificar consignas morales y mezclar soluciones de andar por casa con planteamientos globales.

Ante una amenaza como la del calentamiento global necesitamos asesores profesionales y políticos responsables dispuestos a dar malas noticias, sin alarmismos pero sin dulcificación de la realidad. Sobre los riesgos a los que nos enfrentamos y sobre los costes sociales de afrontarlos. Con valentía, con medidas compensatorias para los más desfavorecidos y en cooperación con otros países. Nos sobran oráculos baratos y nos faltan Casandras serias.

Cuando en mayo de 2022 podamos ver “actuar” a ABBA en Londres quizás no escuchemos Cassandra, pero estaremos a tiempo de comprobar la enorme calidad de las canciones de este grupo y el error de no tomarlos en serio. Con Carl Sagan, cuya lucidez, seriedad y capacidad de comunicación se echa tanto de menos, no tendremos por desgracia esa segunda oportunidad. Como en el caso de Casandra, si al final tenía razón, cuando nos demos cuenta ya será demasiado tarde.

 


Este artículo fue publicado originalmente en vozpopuli.com (ver artículo original)

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