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Brexit: el orden de las votaciones importa

Theresa May ha planteado al Parlamento británico un esquema de tres votaciones consecutivas entre el 12 y el 14 de marzo para tratar de desbloquear el proceso del Brexit: voto a favor o en contra del acuerdo con la UE (el 12 de marzo), voto a favor o en contra de la salida de la UE sin acuerdo (el 13) y voto a favor o en contra de negociar una prórroga para el Brexit (el 14). En principio, el objetivo de este esquema es incentivar un voto favorable al Acuerdo con la UE, porque si el Parlamento rechaza el Acuerdo y también la salida sin acuerdo, entonces está destinado a la prórroga, con el riesgo de un segundo referéndum. Ahora bien, como veíamos en otra entrada, el orden de presentación de las votaciones no es irrelevante cuando se plantea una problema de intransitividad de las preferencias.

Lecciones políticas del Brexit

A apenas un mes para que venza el plazo establecido en el artículo 50 del Tratado de la Unión Europea y el Reino Unido pase formalmente a ser un país extracomunitario, mientras reina la incertidumbre sobre la votación del Acuerdo de Salida del próximo 12 de marzo, la posibilidad de una extensión o la de un segundo referéndum de ratificación, es hora de extraer algunas lecciones políticas de lo que ha sido hasta el momento el proceso de Brexit.

Los siete riesgos de un Brexit sin acuerdo

Abandonar la Unión Europea es un mal negocio económico. Eso lo reconoce hasta el propio ministro de Hacienda británico, Philip Hammond, de los pocos honestos. Olvidemos, pues, falacias como el infame “dividendo del Brexit”, y entendamos el Brexit como lo que es: una mera cuestión sentimental. El valor de dejar de pertenecer a una organización por el mero hecho de sentirse libre. Aunque, a efectos prácticos, esa libertad sirva para poco, porque, en un mundo globalizado y fuertemente integrado, un país pequeño –y el Reino Unido lo es, comparado con Estados Unidos, la UE o China– tiene poco margen para negociar acuerdos comerciales ventajosos. Los pequeños no negocian, tan solo aceptan condiciones.

Tres escenarios para el teatro del Brexit

Año nuevo, Brexit viejo. Después del referéndum de 2016, todo el mundo pensaba que, si al final el Reino Unido abandonaba la Unión Europea, habría un poco de caos. Pero ni los más pesimistas contemplaban un escenario tan volátil y caótico como el que se presenta en enero de 2019, a menos de tres meses de la salida formal.

Vamos a dividir por cero

Como en cualquier debate soberanista, los argumentos a favor del brexit han estado siempre presididos por la manipulación lingüística, y por eso sus defensores han insistido una y otra vez en el “dividendo del brexit”, como si fuera el alegre reparto de los beneficios de una empresa exitosa. Por supuesto, los costes se han obviado, y quizás por ese motivo la mayoría de los críticos del brexit se han preocupado por resaltarlos, centrándose en la más que previsible contracción económica derivada de la salida de la Unión Europea. Pero esa estrategia ha sido un error.

Lo siento, ese modelo de Brexit no existe

Si usted quiere ganar autonomía y se decide a comprar una motocicleta, puede ir a un concesionario y, en principio, se encontrará allí con muchas alternativas. Eso sí, cuando empiece a poner restricciones, el menú de opciones disponibles se irá reduciendo. No es lo mismo querer “una motocicleta” que un scooter eléctrico de 125 c.c. de color gris y con una autonomía de 500 kilómetros. A veces, si el vendedor no se lo ofrece no es porque no quiera, sino, simplemente, porque ese modelo no existe.

Con el Brexit ha ocurrido una cosa parecida: los ciudadanos británicos querían ganar autonomía de la Unión Europea, y sus líderes les han vendido la moto sin aclararles antes que el modelo exacto que querían no existe. Y cuando la encargada de negociar, Theresa May, les ha traído al fin el mejor modelo dentro de los disponibles, los partidos políticos quieren que se vuelva al concesionario a seguir insistiendo.

Los sonámbulos

El historiador australiano Christopher Clark, en su excelente Sonámbulos: Cómo Europa fue a la guerra en 1914, nos da la explicación definitiva del origen de la Primera Guerra Mundial, de cuyo armisticio se conmemora ahora el centenario. No fue, como se cree, el asesinato del archiduque Francisco Fernando, un personaje relativamente secundario cuya muerte apenas alteró a los ciudadanos de Viena, como narra Stefan Zweig en El mundo de ayer. El atentado de Sarajevo fue simplemente el detonante de la verdadera causa: una cadena de absurdas y temerarias decisiones políticas en una Europa con unos líderes arrogantes y autoritarios, con ideas preconcebidas sobre el enemigo y con una percepción muy equivocada de lo que podría implicar y durar un nuevo conflicto bélico. La Primera Guerra Mundial la provocó, en suma, la polarización política y los errores de unos líderes “sonámbulos, vigilantes pero incapaces de ver, poseídos por sus sueños, pero ciegos a la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo”.

La ola

El 26 de diciembre de 2004, Tilly, una niña británica de diez años, estaba con sus padres y su hermana pequeña en la playa tailandesa de Mai Khao, disfrutando de sus vacaciones escolares. De pronto, vio cómo se formaba en la orilla una espuma “como de cerveza”, y cómo el agua empezaba a retroceder. Recordó entonces una lección reciente de su profesor de geografía sobre los signos que preceden a un tsunami, y no lo dudó ni un momento. Su madre al principio no le hizo caso, pero su padre y su hermana pequeña sí la creyeron y comenzaron a correr y a advertir a gritos a otros turistas del peligro mortal que se avecinaba. Apenas unos minutos más tarde, cuando ya estaban todos guarecidos en el hotel, una inmensa ola arrasó la playa. Fue una de las pocas de la región de Phuket en las que no hubo víctimas mortales.

Theresa May en su laberinto

“Yo me he perdido en un sueño buscando algo que no existe”. En su novela El general en su laberinto, Gabriel García Márquez pone en boca de Simón Bolívar las palabras de desconsuelo de un libertador agotado, enfermo e incomprendido, que espera ansioso su nuevo pasaporte para volver a Europa.

Del mismo modo, la primera ministra británica se encuentra perdida en el sueño del Brexit, buscando algo que no existe: un Brexit blando con capacidad normativa, pero sin fronteras. Se veía a sí misma como la libertadora de un Reino Unido al que ayudaría a desembarazarse del yugo de la Unión Europea y “recuperar el control”.

La delgada línea roja contra el Brexit

A mediados del siglo XIX, en pleno declive del imperio otomano, el expansionismo de Rusia desencadenó la guerra de Crimea. Allí, durante la batalla de Balaklava, un regimiento de Highlanders del ejército británico tuvo que enfrentarse a una carga de la caballería rusa. Su inferioridad numérica les obligó a agruparse en una frágil doble fila de soldados que, provistos de sus rifles y sus emblemáticas casacas rojas –útiles para disimular la sangre del combate–, consiguieron resistir el ataque. Desde entonces La Delgada Línea Roja (The Red Thin Line) se usa como sinónimo de la valentía militar británica.