¡Que suban los salarios!

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Sucedió en Frankfurt el 8 de septiembre, al final de la rueda de prensa posterior a la reunión del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo. Un periodista preguntó a Mario Draghi si estaban preocupados por lo poco que estaban creciendo los salarios en Alemania. En su respuesta, el Presidente de la autoridad monetaria europea dijo que los beneficios de un mayor crecimiento de los salarios (sin mencionar un país concreto) son hoy incuestionables. Era un mensaje poco habitual en un banquero central, aunque ya había algún precedente. El Gobernador del Banco de Japón lleva más de dos años tratando de fomentar una expansión de salarios que colabore en la superación de la persistente deflación en la que está sumida su economía.

En los siguientes gráficos se puede observar la evolución reciente de la remuneración por asalariado, los costes laborales unitarios nominales (medidos como la remuneración de asalariados partida por la productividad media del trabajo) y la inflación subyacente (el índice de precios al consumo sin alimentos ni energía) en el área euro y en Japón.

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En Japón, la consecución de una inflación positiva, tras años de deflación, ha coincidido con la recuperación de un modesto aumento de la remuneración por trabajador en los últimos tres años, aunque en 2015 ha vuelto a producirse una flexión a la baja. En el área euro, el suave deslizamiento a la baja de la inflación subyacente ha ido de la mano de una expansión muy débil de los costes laborales unitarios.

Las políticas monetarias de expansión cuantitativa no han impedido que la inflación siga situándose por debajo de su nivel objetivo. Como acaba de señalar el FMI en uno de los capítulos analíticos de sus Perspectivas Económicas Mundiales, existe un riesgo de que las expectativas de inflación a medio plazo se deslicen a la baja, avivando las tendencias deflacionistas en la economía global.

Un mayor dinamismo de los salarios nominales podría tener dos efectos positivos sobre la situación macroeconómica. El primero actuaría de manera directa a través del aumento de la renta disponible de los trabajadores, una parte de la cual se filtraría a la demanda agregada en forma de mayor consumo y por tanto, de mayor crecimiento del PIB. El segundo efecto tendría lugar cuando las empresas reaccionaran a la subida de sus costes laborales con un incremento de los precios. En circunstancias normales, esta vinculación costes laborales-inflación es desaconsejable; pero no en el entorno actual. Que una parte de las subidas de salarios se filtren a la inflación contribuiría a acercar la tasa de variación de los precios a su objetivo y a mantener las expectativas de los agentes en un nivel consistente con la estabilidad de precios.

Pero hay otra razón poderosa para considerar una subida de salarios como beneficiosa. La crisis ha extendido y profundizado el descenso en la participación del trabajo en la renta, que quiebra una regularidad empírica básica de la función de producción de la teoría neoclásica. La nota de la OIT y de la OCDE para el G20 de 2015 estima en cinco puntos la caída de la participación del trabajo en los países desarrollados del grupo. Para que esto suceda, los salarios reales tienen que haber crecido menos que la productividad del trabajo. Hay un debate muy animado entre economistas sobre la importancia relativa de los factores tecnológicos frente a los factores institucionales en la explicación de este preocupante fenómeno.

Daron Acemoglu y Pascual Restrepo, del MIT, estudian el efecto de la tecnología en un modelo que descompone la función de producción para centrarse en las tareas. La automatización reduce la demanda de trabajo en algunas tareas, pero la tecnología permite también crear nuevas tareas que demandan trabajo más cualificado. El efecto total sobre la participación del trabajo en la renta depende de la intensidad relativa de las dos fuerzas anteriores, pero la desigualdad salarial aumenta en todo caso.

Hay quien piensa sin embargo que la tecnología explica solo una parte de las remuneraciones de los trabajadores. Según este enfoque, expuesto de forma brillante en Folbre (2016), los problemas de competencia y la disminución del poder de negociación del trabajo estarían detrás del descenso en su participación en la renta.

En cualquier caso, tanto la eficiencia como la equidad aconsejarían que los salarios reales progresaran al mismo ritmo que la productividad. Así el capital (cuya distribución entre la población está mucho más concentrada que la de la renta) dejaría de llevarse cada vez una parte más grande del pastel, que además es superior a su contribución a la producción.

En la práctica, la subida de los salarios es una medida de política económica difícil de instrumentar, pues se trata del precio de un factor de producción sobre el que las autoridades económicas tienen en principio poca capacidad de actuación. Aun así, existe una experiencia notable de aplicación de políticas de rentas, aunque casi siempre en la situación inversa, es decir, cuando se trataba de contener el ritmo de progresión de los salarios.

En primer lugar, desde el banco central o desde el propio Gobierno, se puede animar a los sindicatos para que, en el marco de la negociación colectiva, se acuerden subidas salariales que incluyan el objetivo de inflación más el crecimiento esperado de la productividad. En segundo lugar, se puede tratar de mover al alza la escala de salarios incrementando el salario mínimo; gran parte de la investigación más reciente señala que el efecto negativo sobre el empleo de un aumento moderado del salario mínimo puede ser pequeño o incluso nulo. Otra opción es aumentar los salarios de los empleados públicos al menos en línea con el objetivo de inflación del banco central.

Dado que tanto la amenaza deflacionista como la caída de la participación del trabajo en la renta afectan a gran parte de las economías desarrolladas, la subida de salarios sería una medida recomendable con carácter general. De hecho su eficacia se vería reforzada si se aplicara en varias de las principales área económicas. Los efectos sobre la inflación y la demanda agregada serían más intensos y además se atenuaría la posibilidad de que se produjera un efecto negativo a través del tipo de cambio real (al aumentar el coste relativo de los bienes domésticos frente a los del resto del mundo).

No obstante, convendría modular la intensidad en su aplicación en función de la situación de cada economía. En países como Alemania, con un superávit por cuenta corriente del 8,8% del PIB en 2015, la subida de salarios no tendría ninguna contraindicación. En 2015 la subida se situó en el 1,9% en términos nominales, lo que, teniendo en cuenta la baja inflación, produjo un avance en la remuneración real. Este año las aspiraciones parecen haberse moderado, aunque no hay razón para temer ni efectos negativos sobre la inflación ni una mejora en el salario real, que solo ha avanzado un 4,2% en los últimos cinco años (con datos de AMECO, la base de datos de la Comisión Europea).

Sobre España ya hablaremos otro día, pero podemos adelantar que el nuestro es uno de los países donde habría que considerar la medida con cautela, dadas la alta tasa de paro y la baja tasa de empleo.

Volviendo al principio, para nuestra suerte, Mario Draghi ha vuelto a demostrar que sabe de lo que habla.

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2 comentarios para “¡Que suban los salarios!

  1. Francisco Moreno Velo
    05/11/2016 at 09:38

    Creo que todos estaremos de acuerdo en que las subidas salariales solo pueden ser sostenibles en el tiempo si van acompañadas de subidas de la productividad del trabajo. Para aumentar la productividad se requiere innovación, pero también incorporar factores de producción al trabajo, es decir, se requiere inversion. A mi me gusta la explicación de Alan Greenspan, que dice que la productividad en Europa, Japón y USA sufre crecimientos anémicos debido a la falta de inversion. Según Alan, la bajada en la inversion es proporcional al amento de los entitlements. El % de ahorro sobre la renta de las familias americanas ha ido bajando en la misma proporción que dichos entitlements en las últimas décadas.

    • Gonzalo García Andrés
      06/11/2016 at 00:48

      Hola Francisco,
      El problema más inmediato es que los salarios reales, en Estados Unidos y en muchos países desarrollados e incluso en desarrollo, están creciendo menos que la productividad del trabajo. En el enlace a la nota para el G20 que incluyo en la entrada se pueden ver los datos de manera resumida. Sin duda la debilidad del crecimiento de la productividad es preocupante, porque como señalas es la base para el aumento del bienestar material. Uno de los factores que puede estar detrás de este comportamiento de la productividad es la inversión; pero al menos en EEUU gran parte de la desaceleración se debe a la productividad total de los factores, que tiene que ver más con el ritmo de progreso tecnológico. No me convence mucho la tesis de Greenspan; en gran parte del mundo hoy, los límites a la expansión de la producción y de la productividad vienen por la insuficiencia de demanda. El ahorro es muy abundante, incluso en países con estados del bienestar mucho más desarrollados que el de Estados Unidos.

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