Globalización, cadena de valor y comercio de servicios

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El desarrollo económico de un país suele llevar aparejada la transformación de su sistema productivo desde la agricultura a la industria, y desde esta a los servicios. Hoy en día más de dos tercios del PIB y del empleo de los países desarrollados es generado por el sector servicios. Sin embargo, curiosamente, cuando se piensa en el comercio mundial se sigue pensando más en términos de bienes que de servicios. El presidente Trump no está obsesionado con la balanza de bienes y servicios, sino con el déficit comercial bilateral con China, México o Canadá, y cuando muchos ciudadanos se imaginan un acuerdo comercial (NAFTA, TTIP, TPP) suelen identificarlo –aunque no sea así– con bienes, industrias y aranceles.

Alguien podría pensar que es una cuestión puramente cuantitativa: en 2016 el comercio mundial de servicios ascendió a 4,7 billones de dólares, mientras que las exportaciones de bienes ascendieron a 15,46 billones. Pero lo que no todo el mundo sabe es que tras estas cifras se esconde una realidad diferente, en la que los servicios tienen una importancia mucho mayor de la que reflejan las estadísticas.

La globalización, especialmente desde los años 90 –con el desarrollo de las tecnologías de información y de las comunicaciones–, ha supuesto una desagregación de la producción mundial de mercancías en lo que se conoce como cadenas de valor globales (Baldwin, 2016): hoy en día los productos que produce y exporta un país incorporan componentes de muy diversos países.

Pensemos, por ejemplo, en un iPhone, del que sólo se hace en EEUU el diseño, los códecs y controladores, la conectividad, el GPS y el sistema operativo; el resto se trae de Taiwán, Alemania, Corea y China (donde se hace además el ensamblaje), países que a su vez importan también materiales. El iPhone, en el fondo, no es tanto ya un “producto estadounidense” como la suma de los eslabones de una cadena de valores añadidos de distintos países.

Curiosamente, uno podría pensar que en general el mayor valor añadido se concentra en la fabricación misma (la parte puramente industrial), pero no es necesariamente así: en los productos tecnológicos muchas veces es en las fases iniciales (diseño) y finales (software, distribución y servicios auxiliares) donde se concentra la mayor parte del valor añadido, en lo que se conoce como la “curva de la sonrisa”. Por eso cuando Trump habla de que los trabajos vuelvan a EEUU se equivoca de objetivo: la parte del valor añadido de un iPhone incorporada en China es una parte muy pequeña del total.

Como consecuencia de las cadenas de valor globales, las estadísticas comerciales dejan de relacionarse con los procesos productivos: a diferencia de las cifras de PIB de la contabilidad nacional, que miden tan sólo el valor añadido (valor de la producción menos el valor de los consumos intermedios), las estadísticas de comercio –como las de la OMC– miden el valor de todos los productos que cruzan la frontera, ya sean materias primas o productos finales (Maurer y Degain, 2010). Así, los componentes extranjeros de un coche fabricado en España se registran una vez como importaciones al entrar, y de nuevo como parte del valor del coche exportado al salir.

Cuanto más desagregada está la producción, más se generaliza la contabilización múltiple y los conceptos de origen y valor se van difuminando. Como lo que sale de un país puede tener poco que ver con lo que se ha generado en ese país, el “origen” de un producto pasa a ser una mera convención estadística (y con ello conceptos como el déficit bilateral). Al mismo tiempo, el valor de la exportación (o importación bruta) sólo mantiene su importancia a efectos de financiación del déficit, pero deja de tener sentido compararla con magnitudes como el PIB, la renta o el empleo, más vinculadas al valor añadido.

Las estadísticas de servicios sufren también esa limitación. Actualmente la Organización Mundial de Comercio, al tratar de sistematizar el comercio internacional de servicios, define cuatro formas o modos distintos de suministro:

  • El suministro transfronterizo (o Modo 1), que se produce cuando un servicio cruza la frontera (un dictamen jurídico enviado por correo electrónico a un cliente de otro país).
  • El consumo en el extranjero (o Modo 2), cuando hay desplazamiento de personas para recibir un servicio (un cliente viene de otro país para consultar al abogado).
  • La presencia comercial (o Modo 3), cuando hay desplazamiento de empresas mediante establecimiento permanente para prestar un servicio (el abogado abre un despacho en otro país).
  • La presencia de personas físicas (o Modo 4), cuando hay desplazamiento de personas para prestar un servicio (el abogado se desplaza a otro país para asesorar a un cliente).

Es decir: flujo de servicios, de consumidores de servicios, y de factores (capital y trabajo) prestadores de servicios. Pues bien, por el momento las estadísticas de comercio de servicios –según el VI Manual de Balanza de Pagos– sólo computan el suministro transfronterizo y el consumo en el extranjero (modos 1 y 2), pero no contemplan el movimiento de factores vinculado a la prestación de servicios (modos 3 y 4).

Por otro lado, existe un importante flujo de servicios no recogido en las estadísticas, ni contemplado hasta el momento por la OMC: el derivado del hecho de que hoy en día los productos incorporan una gran parte de servicios en su proceso de fabricación. En el caso del iPhone, el diseño, software y servicio postventa es sin duda una parte muy importante del precio del producto, pero cuando se computa en las estadísticas comerciales su valor total se registra como una mercancía, y no como una suma de bienes y servicios. Este proceso de “servicificación” de las mercancías es cada vez más importante, y particularmente relevante para los productos tecnológicos (con una gran carga de servicios de diseño, I+D, arquitectura o ingeniería, de alto valor añadido).

En el fondo, gran parte de estos problemas se derivan de que el comercio se mide en términos de producto final, y no de valor añadido. Por ello la OMC y la OCDE –conscientes de las limitaciones de las estadísticas de comercio en un mundo globalizado– decidieron unir sus esfuerzos para cruzar los datos sectoriales de la Base de Datos Input-Output Mundial (WIOD) y los datos oficiales de comercio y generar la Base de Datos de Comercio de Valor Añadido (TiVA), que trata de contabilizar el valor añadido de cada país en la producción de los bienes y servicios que se comercian por todo el mundo.

El análisis de esta base de datos (que hasta el momento incluye datos para el período 1995-2011), permite análisis tan interesantes como comprobar qué parte del valor añadido de las exportaciones en cada uno de los sectores de una economía de un país es de origen nacional o importado, o comprobar el saldo de las balanzas comerciales bilaterales en términos de valor añadido (lo que refleja, por ejemplo, que el déficit de valor añadido de EEUU con China es bastante inferior al déficit comercial calculado tradicionalmente).

La base de datos permite además dos cosas muy relevantes desde el punto de vista de los servicios.

En primer lugar, permite comprobar que, cuando medimos el comercio mundial en términos de valor añadido, la aportación de los servicios al valor añadido de las exportaciones (un 49% a nivel mundial, un 54% en la OCDE y un 59% en el caso de España –ver gráfico–) es muy superior la participación de los servicios en el comercio total (un 23% para el total mundial y un 31% en el caso de España).

En segundo lugar, permite analizar qué componente de servicios llevan incorporadas las exportaciones, y por tanto medir el grado de “servicificación” de los sectores primario y secundario. Esta información permite por primera vez introducir un nuevo modo de prestación de servicios que se añadiría a los cuatro habituales: el modo de servicios “incorporados” en los bienes, que Cernat y Kutlina-Dimitrova (2014) proponen denominar “Modo 5” y que permitiría, entre otras cosas, resolver la paradoja que plantea la liberalización del comercio de servicios a través del Acuerdo General de Comercio de Servicios (GATS), que –limitado a los modos 1 a 4– permite el absurdo de que una venta de software, libre de aranceles por el Acuerdo GATS,  quede sujeta cuando dicho software va incorporado en un teléfono móvil o en un ordenador portátil. En el caso de la Unión Europea, se estima que el “Modo 5” podría estar generando 414 millardos de euros en exportaciones y dando lugar a 8 millones de empleos.

Las implicaciones de política comercial son claras: si los servicios son más relevantes de lo que parecen en la exportación, las PYMEs –que son grandes productoras de servicios– podrían estar desempeñando un papel mucho más importante del que se les asigna habitualmente en el comercio de mercancías (donde habitualmente las grandes empresas concentran una gran parte de las exportaciones totales), y las negociaciones del GATS podrían afectarles mucho más de lo que parece. Por otro lado, unas estadísticas más adecuadas pueden favorecer una mejor defensa del comercio, al poder vincularlo de forma efectiva con productividad, renta o empleo, y hacer ver que los acuerdos comerciales no sólo benefician a unas pocas grandes empresas exportadoras. Finalmente, la estimación cuantitativa de la cadena de valor y las necesidades de importaciones para las exportaciones pueden ser muy útiles a la hora de evaluar cuestiones como los déficits bilaterales o los efectos del Brexit.


En colaboración con Agenda Pública, publicado el 11 de mayo de 2017

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