La dimisión de Boris Johnson: una bendición disfrazada

Churchill ganó la Segunda Guerra Mundial, pero perdió las elecciones inmediatamente posteriores. Boris Johnson, gran admirador de Churchill y sobre el que llegó a escribir una biografía en la que resaltaba el papel histórico de los grandes líderes individuales, seguro que se siente plenamente identificado con él y no entiende por qué todo el mundo quiere que dimita. “Así me lo agradecen”–pensará– “después de haber ejecutado el Brexit que les prometí”. Pero ya sabemos que Boris Johnson tiende a la exageración, y que entre enfrentarse a los nazis o enfrentarse a los funcionarios de Bruselas hay unas cuantas diferencias sustanciales en términos de valor. Hoy presentará su dimisión.

La política es cruel. El Comité 1922 (el grupo de los parlamentarios conservadores que no forman parte del gobierno y que pone y quita líderes) ya instó una moción de confianza contra él el pasado 6 de junio, de la que consiguió salir vivo, aunque magullado. Tan sólo un mes después, dos ministros dimitieron (el de Economía, Rishi Sunak, y el de Sanidad, Sajid Javid), a otro (Michael Gove) tuvo que echarlo antes de que le diera tiempo a dimitir, y más de 15 secretarios de Estado presentaron su renuncia, en algunos casos de cinco en cinco (hay ministerios que en estos momentos no tienen ni ministro ni secretario de Estado). En la noche del 6 de julio varios ministros fueron a Downing Street a pedirle que se fuera, apoyados incluso por el nuevo ministro de Economía que llevaba menos de 24 horas en el cargo y que refleja muy bien cómo funciona la lealtad en la política británica; en la cola para verle –listo con el bate de béisbol como en la famosa escena de “Aterriza como puedas”–, el presidente del Comité 1922, Graham Brady, le recordó que, aunque las normas internas impedían una nueva moción de censura antes de que transcurrieran doce meses, estaban dispuestos a cambiarlas. La situación era tan volátil y surrealista que algunas cadenas de televisión pusieron contadores de dimisiones en la esquina superior de la pantalla e incluso la BBC abrió una páginas web con la lista de dimisiones en tiempo real.

El tiempo de Boris Johnson se ha acabado. Quizás esta noche releyó el artículo que escribió en mayo de 2010 sobre Gordon Brown, al que asemejaba a un “colono ilegal en el desierto del Sinaí, atándose al radiador”, o al David Brent de la serie The Office que “se negaba a reconocer que había sido despedido”, y para el que suplicaba que un secretario privado de la reina o el “simpático policía de la puerta del número 10” le trasladara el mensaje de que “ya se había acabado el juego”. Quizás su objetivo era aguantar un par de días más para superar el número de días en el poder de Neville Chamberlain, o un mes más para superar a Theresa May, pero tenía claro que su permanencia era más una cuestión estadística que política. Ahora quiere aguantar como primer ministro hasta el otoño, pero es dudoso que se lo permitan.

El Reino Unido demuestra una vez más que, incluso con una guerra en Europa y una inflación galopante, para los conservadores la política interna sigue siendo lo más importante. Pronto comenzará el proceso de elección de un nuevo líder tory (y, en este caso, también primer ministro). Esperemos que su sustituto o sustituta sea una persona más aburrida, cumplidora de la legislación internacional y que no crea que Europa es su enemiga. Tiempo habrá para hacer balance crítico de su legado.

Cuando Churchill perdió las elecciones, su esposa Clementine, para consolarlo, le dijo que quizás era “una bendición disfrazada”. Si hoy Carrie Johnson le dice a Boris que su dimisión es una bendición disfrazada, probablemente este le dé la misma respuesta que entonces dio su ídolo: “Pues la verdad es que va muy bien disfrazada”.

 


Este artículo fue publicado originalmente en vozpopuli.com (ver artículo original)

 

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