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Votaron con los pies: empresas e independencia

Charles Tiebout fue un economista y geógrafo estadounidense nacido el 12 de octubre 1924 que dedicó su vida a la teoría del federalismo fiscal. Desarrolló el concepto de “votar con los pies”, una posible solución al problema de revelación de preferencias sobre bienes públicos –y, por extensión, su financiación– que supone el hecho de que, en un marco descentralizado, una persona se mude a aquella jurisdicción donde las políticas sean más cercanas a su ideología o a sus intereses –mudanza que a veces resulta más fácil que cambiar de gobierno mediante el voto–. En el caso de personas jurídicas como las empresas, es lo que hacen todo el rato: tienden a localizarse en aquel territorio más favorable a sus intereses en términos de oportunidades de negocio, servicios, carga impositiva y seguridad jurídica.

Eso es lo que ha ocurrido en Cataluña, donde nadie invitó a las empresas a votar, pero al final lo han hecho: han ejercitado su “derecho a decidir” votando con los pies, evitando a toda costa el riesgo regulatorio de un gobierno regional que ha demostrado estar dispuesto a saltarse sin pestañear tanto la legislación estatal y autonómica como las sentencias judiciales.

Hacia un nuevo paradigma de la empresa (I): la Bolsa o la vida

Durante mucho tiempo la teoría económica consideraba que el objetivo de una empresa era maximizar su beneficio. A partir de los años 70 dos influyentes artículos de Milton Friedman y de Jensen y Meckling pasaron a considerar a los directivos de las empresas como meros agentes por cuenta de los accionistas, con intereses a veces dispares. Este nuevo enfoque –que ha sido el que ha predominado en la universidad y escuelas de negocios desde entonces– fue impulsado en el ámbito empresarial por el consejero delegado de General Electric, Jack Welch, cuyo discurso de 1981 en Nueva York (“Crecer rápido en una economía de crecimiento lento”) marcó el cambio de paradigma: lo que debían maximizar las empresas no era su beneficio, sino el valor (o la riqueza) para sus accionistas.

Sin embargo, muchos años después, en marzo de 2009 –en medio de la Gran Recesión–, el propio Welch criticó cómo se había aplicado su concepto, y señaló que la obsesión por los beneficios trimestrales y el incremento del precio de las acciones era “la idea más tonta del mundo”, y que una empresa se debía a sus empleados, sus clientes y sus productos. ¿Qué pasó para que cambiara de opinión?