El legado de Lagarde

Christine Lagarde acaba de dejar el Fondo Monetario Internacional (FMI o Fondo) para presidir a partir del 1 de noviembre el Banco Central Europeo, siendo la primera mujer en dirigir ambas instituciones (y la primera en presidir el segundo despacho de abogados más grande del mundo y en ser ministra de finanzas en Francia). Ha dirigido el Fondo durante ocho años, desde junio de 2011, en los que ha pilotado una profunda transformación del FMI en todos sus principales frentes: gobernanza, políticas de vigilancia y de préstamo. Deja a su sucesora, Kristalina Georgieva, que toma hoy (1/10/2019) posesión, una institución mucho más adaptada a la realidad compleja de la economía global.

En gobernanza, el FMI arrastraba un problema histórico de infrarrepresentación de las economías emergentes, que se agrava a lo largo del siglo XXI como consecuencia del reequilibrio del peso económico entre economías emergentes y avanzadas. En efecto, las economías emergentes (sobre todo China) han liderado el crecimiento global en el nuevo siglo, de forma que, si en el año 2000 las economías avanzadas suponían casi el 80 por ciento (China un 3,6) del PIB mundial, se sitúan ahora alrededor del 60 por ciento (superando China el 16). En 2016, el Fondo implementó una gran reforma de su gobernanza, que ya se había aprobado en 2010, que supuso una duplicación de las cuotas con una redistribución que aumentó un 6 por ciento del peso de las economías emergentes y que elevó la cuota de cuatro países ‒Brasil, China, India y Rusia‒ hasta situarlos entre los diez países con más cuota en el FMI (junto con Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia).

La reforma supuso un aldabonazo a la legitimidad del FMI, sin perjuicio de que se trata de un proceso que Georgieva deberá continuar reforzando, siendo especialmente necesario un nuevo aumento de la representación de China, todavía solo con un 6 por ciento del poder de voto. En cualquier caso, durante su mandato, Lagarde ha continuado fortaleciendo el peso de China en el Fondo, por ejemplo, en 2011, con la creación de un puesto adicional en la gerencia asignado a China (de un total de cinco) y, en 2016, con la incorporación del renminbi en la cesta de los DEG, que era una demanda prioritaria de las autoridades chinas.

En la política de vigilancia, el Fondo ha llevado a cabo una profunda transformación que supone un cambio de paradigma en el tipo de análisis económico y de recomendaciones que hace, que ha girado en torno a dos grandes ejes. (i) Por un lado, como veíamos, la ruptura con el consenso de Washington, que se inició ya en la etapa anterior a Lagarde, tras la crisis financiera global, y en la que ha tenido un papel central el execonomista jefe del FMI, Olivier Blanchard. Esta ruptura ha supuesto el paso de unas recetas basadas en la estabilización fiscal y el objetivo inflacionario de la política monetaria y una filosofía general de dejar funcionar a las fuerzas autocorrectoras del mercado; a unas recomendaciones que han preconizado la efectividad de las políticas macroeconómicas a corto plazo y el rediseño de sus objetivos e instrumentos (por ejemplo, una política monetaria que concilie el objetivo de inflación con el crecimiento y la estabilidad financiera), así como y la necesidad de intervenir ante los fallos de mercado (la autorregulación no funciona) o incluso de orientar al mercado.

(ii) Por otro lado, bajo el impulso decisivo de Lagarde, el Fondo ha ampliado el alcance de su análisis económico más allá de las políticas macroeconómicas y financiera para incorporar, como veíamos, nuevos temas como la desigualdad y la inclusión, el género o el medioambiente, o, de manera más incipiente, la emigración y el cambio tecnológico, todos ellos justificados por su relevancia macroeconómica. Este tipo de análisis es ahora común en los informes del FMI y, gracias a la capacidad de influencia del Fondo, están teniendo un impacto en la agenda de muchos países miembros. Se ha abierto ya un camino que, sin duda, continuará en la etapa de Georgieva, de un Fondo que se adapta a los nuevos retos que surgen en la economía global, incluidos los virajes repentinos en política económica (como la guerra comercial o el Brexit) que están acentuando la incertidumbre sobre la economía global.

En política de préstamo, la nueva estructura de préstamo para dar respuesta a la crisis financiera global ya quedó definida en 2009. Al llegar al Fondo, Lagarde, que había heredado los programas recién aprobados con Grecia, Irlanda y Portugal, tuvo que lidiar con su viabilidad en un momento en el que Europa cayó en una segunda recesión, sin que la UE hubiera reformado aun su arquitectura económica para crear la Unión Bancaria o el MEDE. Lagarde también heredó un proceso incompleto de aumento de los recursos del FMI para hacer frente a las crecientes necesidades de financiación de los países miembros y, en 2013, consiguió culminar la cuadruplicación de los recursos, hasta aproximadamente 1 billón de DEG, que hoy están distribuidos entre cuotas (476.000 millones) y recursos prestados, bien a través del NAB (182.000), bien a través de préstamos bilaterales (317.000). Una de las principales tareas de Georgieva será mantener este pulso financiero, con la renovación delos recursos prestados al Fondo ‒también hereda en el muy corto plazo y como principal programa en vigor, la gestión del programa con Argentina, una vez se celebren las elecciones generales previstas para finales de octubre‒.

Igualmente, Lagarde ha impulsado otras areas muy relevantes como la función de capacitación técnica,  fortaleciendo sus recursos a través de préstamos bilaterales y abriendo nuevos centros regionales, o una mayor involucración del FMI en los en los países en desarrollo, los Estados frágiles o en los Objetivos de Desarrollo Sostenible. También ha impulsado una mayor diversidad en el funcionariado del FMI ‒académica, de género y regional‒ y una profunda transformación en la política de comunicación, que ha pasado de informes en blanco y negro, orientados a expertos, a una comunicación multidimensional adaptada a las nuevas tecnologías de comunicación y más abierta a la opinión pública en general. La propia Lagarde, ha realizado un gran esfuerzo personal por consolidar la visibilidad y una imagen más amable del Fondo, que hoy es visto con menos recelo que antes de su llegada.

En definitiva, deja un FMI menos de “hombres de negro” y más, en palabras de la propia Lagarde, de combinar “cartera, cabeza y corazón”.

 

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