Autor: Carlos Gallego

La brecha de los datos en África (I): algunas causas y consecuencias

Decía el inclasificable Georges Perec en Las Cosas que lo malo de las encuestas es que no duran mucho. Sociólogo de formación y obsesionado con las matemáticas, era un experto en acrósticos y lipogramas (composiciones en las que se omite repetidamente una o varias letras del alfabeto), llegando incluso a escribir una novela sin la letra “e”. Esto último parece ser lo que le ocurre a la economía del desarrollo en África con los datos, huérfana de uno de sus pilares fundamentales y causa de uno de los más genuinos e ilustrativos fiascos en este continente.

La cuestión de la calidad de los datos sociales y económicos tendría relativamente poca relevancia o no pasaría de ser una mera cuestión metodológica si únicamente sirvieran para fines académicos. Lamentablemente, no se puede pasar por alto la fuerte penalización infligida a los gobernantes africanos, ya de por si tremendamente influenciados por factores externos, al impedirles una visión completa de la amplia panoplia de políticas que podrían contribuir a un crecimiento económico sostenido. La cuestión clave es entonces otra ¿Por qué tomar decisiones importantes a partir de datos no fiables? Se habla permanentemente de la necesidad de diagnósticos de calidad para mejorar los procesos de toma de decisiones económicas, y se habla incluso de la necesidad de mejorar la formación de los responsables económicos nacionales africanos y de sus colaboradores más cercanos para incrementar la base racional de sus planes económicos. Sin embargo, no se habla apenas de la precariedad de los datos disponibles, piedra angular para cualquier mejora en los dos ámbitos anteriores.

Varias causas para explicar esta brecha aparecen en el horizonte africano. Por un lado, y de manera general, partimos de la base de que es sin duda más fácil dar por buenos los datos que ayudan a mantener la vigencia de nuestras percepciones (y de las del sentir general) que perseguir con ahínco la mejora sistemática de la información relevante. Incluso aunque pudiera incrementar la credibilidad de las predicciones económicas y un mejor seguimiento del desarrollo económico. En África hemos sido testigos hasta ahora de la presencia de patrones laborales y sociales plagados de lugares comunes y aproximaciones burdas, percepciones erradas e incluso falacias de composición (asumir que lo cierto para una parte lo es también para el todo). En el mejor de los casos esto ha supuesto la extrapolación acrítica del conocimiento generado en otros continentes, y en el peor, los datos recolectados se han utilizado con intenciones poco científicas, léase corroborar teorías precocinadas con base fundamentalmente ideológica, como mencionábamos aquí.

Por otro lado, los economistas, tan escrupulosos a veces en el manido uso de los postulados neoclásicos y la matemática para dotar de credibilidad a sus teorías, han minusvalorado tradicionalmente el esfuerzo que se debería hacer en África para tener buenos datos de partida y proporcionar el rigor necesario a los estudios económicos en este continente. Acostumbrados todavía a abordar los complejos asuntos del desarrollo de estos países como si fueran sencillos ajustes econométricos, la recolección y utilización de los datos necesarios sigue habitualmente rutinas obsoletas, ayunas de innovación y completamente acríticas. Esto se muestra en toda su crudeza en la permanente displicencia con que se tratan los numerosos hechos estilizados (regularidades empíricas que la teoría debe tratar de explicar), que pasan por delante de los expertos sin incorporarse al conocimiento existente. La heterogeneidad africana y la dificultad y coste de los trabajos de campo significativos, así como la debilidad de los actores nacionales, son excusas frecuentemente escuchadas para ponderar esa falta de atención a los hechos estilizados, pero no justifican en absoluto la ausencia de prioridad de esta auténtica brecha del conocimiento. En vez de esto, se sigue insistiendo en interpretaciones nuevas del corpus de datos ya existentes, lo que trae consigo discusiones y reflexiones que bien podrían ser tachadas de “hechos alternativos”.

A esto se debe añadir que la importación de los sistemas estadísticos desde los países más desarrollados, positiva en sus orígenes, ha desembocado posteriormente en unos sistemas inadaptados a la realidad de cada país. Es como si lo correcto para la recolección de datos y estadísticas en Europa debiera serlo también por fuerza en África. La realidad es que esa estandarización excesiva a nivel global acaba imponiendo graves fallas en los sistemas estadísticos nacionales africanos ¿Se imaginan que en Europa se estuviera hablando de la credibilidad de los desastrosos datos económicos actuales causados por la Covid-19 en vez de centrar el debate en las bondades o fallas del Plan de Reconstrucción Europeo? Paradójicamente, y gracias al interés y apoyo del FMI en la mejora de la recolección de los datos económicos, las brechas más significativas se producen no tanto en la medición directa de datos económicos –y, por tanto, en las contabilidades nacionales–, sino en la medición de datos relacionados con la geografía humana y laboral, aspectos de los que el FMI obviamente se desentiende.

Como atenuante, es evidente que el esfuerzo de recogida de datos en África lamentablemente no está al mismo nivel que el que se realiza en Europa, EEUU o incluso Asia, donde la sociología ha ido perfeccionando sus métodos de trabajo. Esto ha significado también una adaptación a la realidad cambiante de las sociedades y a la necesidad de escudriñar de manera más efectiva los rincones de la organización social, y así obtener informaciones más valiosas para la decisión de individuos, empresas, y gobiernos. Pero es menos razonable que, en series de datos discrepantes, no se aborde con rigor al menos una explicación racional para estas. Sin embargo, sin haberse valorado suficientemente cuál de ellas tiene más visos de verosimilitud, demasiado a menudo se opta por utilizar la menos desfavorable para la hipótesis de partida de los programas económicos.

Todo ello a pesar de que estamos, sin duda, ante el caldo de cultivo perfecto para la promoción de errores (habituales, por otro lado) en la selección de beneficiarios de los programas gubernamentales de reducción de la pobreza, ya sean propios o financiados parcialmente por el sistema de cooperación internacional. De hecho, es uno de los resultados colaterales más patentes de esta brecha estadística, en un sector –no lo olvidemos– que podría tener acceso a las últimas innovaciones (big data, imágenes de satélite de cultivos y urbanización…) y que podría contar con financiación global suficiente como para abordar esta enorme brecha con cierto optimismo. Aunque es cierto que la selección de estos beneficiarios es un aspecto a menudo contraintuitivo, que procura “falsas pistas” con relativa facilidad, es evidente que la ausencia de datos actualizados y precisos sobre la movilidad social y laboral contribuye decisivamente a reforzar visiones enlatadas de cómo cambiar la realidad, que generalmente fracasan. Con el agravante de que cada vez hay más programas que utilizan este tipo de datos como punto de partida, en consonancia con una mayor ansia de opciones políticas basadas en evidencias racionales. Lo que paradójicamente lo empeora todo, al sobredimensionar de manera descarnada el tan familiar efecto garbage in-garbage out.

A pesar de que algunos autores consideran desde hace tiempo el cierre de esta brecha “repleta” de datos erróneos e incompletos como la mayor prioridad para el desarrollo de África, la tendencia no acaba de corregirse.  Estos autores suelen cargar, no sin razón, todo el peso del desastre en los propios países africanos, pero no hay que confundirse de prioridad. La cuestión es que no se deberían tomar decisiones de política económica sin el soporte de buenos datos de partida y esto es un reto para la mayoría de las naciones africanas. Para que los sistemas nacionales de datos sean percibidos como una prioridad por sus gobiernos y puedan funcionar como se espera, debería ser un objetivo primordial previo la financiación y apoyo de suficientes equipos de funcionarios cualificados, con los medios necesarios, así como el fomento de adaptaciones locales de las metodologías aplicadas en otros países. Esto permitiría utilizarlos de manera sistemática como base común de iniciativas con diferentes enfoques económicos, y sobre todo abriría la puerta a derivar la crítica hacia el desempeño propio de las diferentes políticas.

Por mucho que esto debiera ser la clave de bóveda del desarrollo en África, la vía de aumentar su fiabilidad no parece ser por ahora campo suficientemente atractivo para los expertos ni donde vean muchos incentivos los donantes. Tampoco instituciones claves como el Banco Mundial o el Banco Africano de Desarrollo. Esta dejadez, cuando no la utilización tendenciosa de los datos para reafirmar teorías y principios éticos o ideológicos propios no está precisamente ayudando a los responsables económicos a corroborar en el medio plazo algunas de sus políticas y poder profundizar en las reformas necesarias en el largo plazo.

Georges Perec, que vivió el trauma francés de la Guerra de Argelia, pero no el boom de la sociología del desarrollo en África, de haberlo vivido habría seguramente dicho que lo malo de las encuestas en África es que sirven más que nada para despistar…

 

¿Hacia una Economía del Desarrollo sin sesgo moral?

Una de las obsesiones más marcadas de expertos e investigadores en el campo de la economía del desarrollo ha sido la necesidad de evidenciar por todos los medios a su alcance la posible correlación entre factores éticos y crecimiento del bienestar (en este caso la falta del mismo) en los países en vías de desarrollo. Entre estos sesgos morales, tal vez ninguno más tentador que el que atribuye al colonialismo europeo en África el origen fundamental de la falta de desarrollo actual en este continente.

La clave está en la gestión de riesgos

Era posible leer en anteriores días de zozobra e incertidumbre varios artículos en la prensa, este, este o este, donde se vertían (de manera ventajista y bastante poco rigurosa, a mi entender) opiniones sobre las razones de la desventaja comparativa de la mayor parte de los países europeos (habría que discutir la excepción alemana y nórdica) con países asiáticos en relación con la gestión adecuada de la emergencia provocada por el coronavirus.

La utopía urbana de Romer

Resulta curioso constatar cómo, a lo largo de la historia, todas las utopías que se han propuesto han sido generalmente promovidas por individuos pertenecientes a gremios intelectuales que gozaban de una gran influencia –casi sobrenatural– sobre los líderes políticos y sociales. Es el caso de las utopías urbanas.

¿La ciudad del mercado o el mercado de la ciudad?

Jane Jacobs es una de las figuras más fascinantes del urbanismo americano de la segunda mitad del siglo XX. Nacida en 1916, después de una adolescencia y juventud atípica –no quiso acabar su grado universitario porque la Universidad que la becó le impidió estudiar lo que ella había decidido–,  confirmó durante su madurez su postura siempre desafiante ante lo políticamente correcto y el poder de las élites. Periodista de los más variados medios, desde el Vogue a la Oficina de Información de Guerra, comenzó a interesarse por los fenómenos urbanos y adquirió una amplia formación en planeamiento urbano de forma completamente autodidacta, llegando a ser más tarde especialista sectorial del Architectural Forum. Esta urbanista desacomplejada se preguntaba qué era lo que hacía felices o infelices a los habitantes de un determinado barrio o espacio urbano, y en busca de la respuesta se recorría con su bicicleta los barrios de Manhattan.