Movilidad intergeneracional: la Curva del Gran Gatsby

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on LinkedInEmail this to someonePrint this page

Uno de los pilares de la aproximación liberal a la economía pasa por la distinción entre fuentes legítimas e ilegítimas de desigualdad. La desigualdad vinculada al esfuerzo de los individuos es deseable, sin embargo, la asociada a circunstancias no controlables por el individuo ‒por ejemplo, la discriminación social, de género o raza, o el contexto o herencia socioeconómica familiar‒ debe ser compensada para garantizar una verdadera igualdad de oportunidades entre los ciudadanos. En otras palabras, la desigualdad es aceptable, siempre y cuando exista la posibilidad de movilidad social (el sueño americano). En los últimos años, en un contexto de creciente desigualdad en la distribución de la renta, se ha planteado un debate en torno a cuánto esta desigualdad entre los padres puede determinar la capacidad de movilidad social de los hijos, es decir, cuánto se hereda la desigualdad.

En este debate ha tenido particular incidencia la denominada Curva del Gran Gatsby (CGG), popularizada con este nombre por Alan Krueger, presidente del Consejo de Asesores Económicos con Obama, y planteada por Miles Corak. La curva refleja una correlación positiva entre la distribución de la renta pasada (medida por el índice de Gini en 1985, mayor índice implica mayor desigualdad) y la elasti­cidad intergeneracional de la renta de los nacidos a principios de los años 60 (con datos sobre su renta a finales de los 90) –es decir, el grado de ventaja o desventaja económica que se traspasa de padres e hijos–. La curva indicaría que cuanto mayor es la desigualdad, más tiende a heredarse entre generaciones –en el caso del personaje de Fitzgerald, sin alcurnia, su ascenso a la cúspide de los más ricos de EEUU en los años 20 se desmorona al descubrirse que su fortuna proviene del contrabando de alcohol.

Como se observa en el gráfico, países con menor desigualdad pasada (Finlandia, Suecia, o Noruega), presentarían una mayor movilidad generacional de la renta, mientras que en otros con mayor desigualdad (EEUU, España, Italia Reino Unido), la movilidad sería menor (en el gráfico, los hijos heredan más del 40% de la desventaja económica que tenían sus padres). De ser así, resultaría entonces que para garantizar la igualdad de oportunidades y la posibilidad de movilidad social en el futuro, deberíamos preocuparnos por garantizar una mejor distribución de la renta hoy. Sin embargo, la CGG plantea dos tipos de problemas principales: sus deficiencias metodológicas y, como señala el propio Corak, que la correlación positiva no implica necesariamente causalidad; hay que explicar la relación, lo que permitiría establecer recomendaciones de política económica.

Fuente: FMI (2014)

Varios desarrollos de los últimos años han tratado de resolver estas deficiencias. Metodológicamente, se cuestiona la CGG por aspectos como el reducido número de observaciones; la heterogeneidad de las bases de datos sobre la elasticidades que se basan además en modelos, no en datos reales; e insuficiente diferencia temporal (se compara desigualdad de 1985 con elasticidades medidas una década después), sobre todo teniendo en cuenta que el crecimiento de la desigualdad en las economías avanzadas empieza a intensificarse partir de los años 80 (habría que comparar elasticidades intergeneracionales de los nacidos entonces cuando lleguen a su edad adulta).

Otras curvas del tipo CGG (por ejemplo, aquí y aquí), mejoran algunos de estas deficiencias (aunque tienen las suyas propias) utilizando otras variables y plazos para medir la relación intergeneracional de la renta o el nivel socioeconómico, y también encuentran el mismo tipo de correlaciones positivas entre el estatus de padres e hijos. No obstante, la evidencia no es concluyente, hay disparidades entre estudios y entre países. En la propia curva, Dinamarca tiene tanta movilidad intergeneracional como Finlandia, con mucha más desigualdad; o Canadá mucha más movilidad que Francia, con desigualdades parecidas.

En este sentido, hay que tener en cuenta elementos institucionales, fundamentalmente, el funcionamiento del mercado de trabajo. Por ejemplo, en el mercado de trabajo de EEUU o Reino Unido se remunera relativamente más la formación de mayor nivel que en otros países, o en España, la desigualdad aparece muy vinculada al desempleo. También hay que analizar la distribución de la desigualdad, en qué medida la falta de movilidad aparece asociada a la desigualdad general, o a las rigideces en la movilidad en los extremos, del 10% más pobre y/o el 10% más rico.

En relación a la causalidad, el núcleo de análisis se centra en la educación como principal factor determinante de la posición socioeconómica futura de los individuos (cada vez más en el actual  contexto de  globalización y continuo cambio tecnológico): cuanto mayor es la desigualdad, menor es la capacidad relativa de las familias pobres para invertir en educación, y mayor es el riesgo de perpetuar la desigualdad intergeneracional. En este ámbito, se suele apuntar a los recursos financieros de las familias como la variable principal. Por tanto, en principio la financiación privada de la educación podría sustituirse por financiación pública. Las recomendaciones en este sentido se suelen centrar en la financiación pública en la edad preescolar –que se considera clave para el desarrollo futuro de la capacidad intelectual del individuo–, y en la formación universitaria, con una discriminación positiva a favor de las familias más desfavorecidas; conseguir más universitarios de padres pobres.

Pero en el caso de la financiación de la educación, también hay una correlación negativa (positiva) entre el nivel de desigualdad y el nivel de gasto público (privado) en educación como porcentaje del PIB; cuanto mayor es la desigualdad, más depende la educación (y las rentas futuras) de la financiación privada (desigual entre padres ricos y pobres). Por otro lado, la financiación de la educación no es el único elemento que incide en la capacidad de generar rentas futuras. Francia, por ejemplo, tiene uno de los programas más avanzados de escuelas infantiles a partir de los 3 años, pero registra una baja movilidad social.

Otros factores apuntan al entorno socioeconómico más general entre comunidades ricas y pobres y a aspectos como la segregación de los vecindarios menos favorecidos. Hay además un capital familiar más intangible, que va más allá de la inversión en educación y tiene que ver con aspectos como el tiempo dedicado a los hijos, la transmisión de determinada educación sobre socialización, motivación y comportamiento (cultura familiar), o la conexiones sociales y capacidad de influencia (networking, nepotismo). Son aspectos que también están correlacionados positivamente con el nivel de renta y el nivel educativo de los padres, y más difíciles de resolver solo con financiación pública; exigen políticas sociales y de integración más cualitativas, y también, mejorar la redistribución de renta hoy para fortalecer la igualdad de oportunidades mañana.

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on LinkedInEmail this to someonePrint this page

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *