Navegar por mares nunca transitados

El nombre de este blog hace referencia a un momento de la Historia en que, agotada la efectividad de todas las recetas de política económica, el presidente Roosevelt tuvo la valentía de proponer y ejecutar un New Deal que consiguió sacar a EEUU de la Gran Depresión, beneficiando así indirectamente a la economía mundial.

Hace unos días se mostraba aquí el convencimiento de que la gestión de la actual situación económica requerirá políticas radicalmente nuevas. Vivimos tiempos sorprendentes, con tipos reales negativos en Europa y Japón con una inflación ausente, o un exceso de liquidez incapaz de canalizarse hacia proyectos de inversión rentables. La perspectiva de los avances tecnológicos (5G, vehículos no tripulados, blockchain, inteligencia artificial, Big Data) generan desasosiego, olvidando que, desde que controló el fuego, la Humanidad siempre ha conseguido que las mejoras tecnológicas aumenten su bienestar.

Mientras tanto, el populismo y el nacionalismo se extienden por el mundo. EEUU cuestiona el multilateralismo y se embarca en guerras arancelarias, debilitando un orden establecido desde la II Guerra Mundial que, pese a sus imperfecciones, ha permitido que disfrutemos del mayor periodo de paz y prosperidad de la Historia

Raro es el día en el que no conocemos alguna iniciativa o propuesta novedosa, más o menos rigurosa y más o menos contrastada. La política monetaria ortodoxa está en horas bajas, y crece la convicción de que no podrá ser efectiva cuando se la necesite. Aparecen análisis que cuestionan que los tipos reales negativos sean un problema, se cuestiona la independencia que tanto costó alcanzar de los Bancos Centrales, o se plantea que éstos tengan objetivos distintos a la inflación. En el ámbito fiscal, aparecen propuestas de inversión pública sin considerar el endeudamiento, impuestos imaginativos sobre robots, o la idea de una renta básica universal. Se diría que, mientras algunas propuestas económicas novedosa generan desconcierto, algunos líderes insisten en medidas del siglo pasado que sólo terminan trayendo pobreza y conflictos.

España, sin embargo, sabe bien lo que es cruzar mares desconocidos, y de esa experiencia tal vez pudiéramos extraer alguna inspiración para los tiempos que vienen.

Este año se conmemora el primer viaje alrededor del mundo, iniciado hace 500 años por una expedición española liderada por Fernando de Magallanes. Para los que duden de la españolidad de la empresa –dado su origen portugués– baste decir que el gran navegante renunció a ser súbdito del Rey de Portugal y se declaró súbdito del Emperador Carlos I, quien financió la expedición y a quién sirvió fielmente hasta su muerte. Pagó un alto precio por ello, ya que en Portugal nunca le perdonaron, y terminó requiriendo protección personal ante las intrigas para asesinarlo tramadas por el Embajador portugués (sus familiares tuvieron que emigrar a Brasil).

El 28 de noviembre de 1520, más de un año después de su partida, tras reprimir un motín, pasar un duro invierno en la costa de lo que hoy es Argentina,  haber perdido dos barcos de los cinco que componían la flota y ver morir a 60 de los 260 hombres que salieron de España,  Magallanes dobló el cabo que llamó Deseado –tras surcar el estrecho que lleva su nombre– y se adentró en un Océano Pacífico que aún no tenía ese nombre. Como dice Bergreen, para los buques Trinidad, la Concepción y la Victoria ese océano era como “navegar en la cara oculta de la Luna”.

Magallanes tenía la certeza de que. al otro lado del Océano, estaban las Islas de las Molucas (adonde él ya había llegado navegando hacia el este desde Portugal). Sin embargo, los cosmógrafos no se habían desprendido del universo ptolemaico y estimaban que en dos semanas, como mucho, llegaría a las islas donde crecían las especias tan apreciadas en Europa. No sabían que ese océano ocupa un tercio de la superficie del planeta, una extensión mayor que la de toda la superficie terrestre junta. No había duda de que tenía que navegar hacia donde se ponía el sol, pero los rumbos posibles son casi siempre ilimitados. Durante 20 días Magallanes siguió rumbo noroeste buscando los alisios, y luego giró al oeste.

Magallanes no temía al mar ni a los hombres. A sus más de 40 años, sabía lo que tenía que hacer: concentrarse en aplicar las técnicas de navegación aprendidas en más de media vida de expediciones marítimas y ejercer el liderazgo necesario para que sus hombres no dudaran de sus decisiones.

Ignoró las supersticiones medievales de la sociedad que dejó atrás y las de muchos de sus tripulantes, que comprobaron aliviados que en los mares que surcaban no había monstruos, ni hervía el agua, ni nada sobrenatural impedía su avance. El verdadero reto que todos tenían por delante era sobrevivir con poca agua y alimentos podridos.

Magallanes y sus hombres no podían saber –no hubo una explicación científica hasta 1932– que el cuerpo humano requiere la vitamina C (ácido ascórbico) que se encuentra en muchos alimentos frescos y que ayuda a crear la enzima propil hidroxilasa, que sintetiza la proteína del colágeno con la que el cuerpo da fuerza y elasticidad a sus tejidos conectivos como la piel, los ligamentos y los huesos.  La deficiencia de vitamina C provoca escorbuto, una enfermedad cuyos primeros síntomas son la hinchazón de encías y la pérdida de dientes, luego la hinchazón de manos y pies y que finalmente, tras gran sufrimiento y hemorragias, provoca la muerte.

Se ha reconstruido razonablemente la ruta seguida por la flota. Por una parte, los vientos alisios regulares y firmes ayudaron a avanzar sin contratiempos hacia el oeste, y también tuvieron la fortuna de esquivar peligrosas zonas de arrecifes que habrían rajado los cascos.  Por otra parte, tuvieron la desgracia de no avistar ninguna de las 25.000 islas que hay desperdigadas por el Pacífico, en muchas de las cuales podrían haber hallado agua y comida fresca: unos grados más al sur habrían llegado a la Isla de Pascua; unos grados más al norte, a las Islas Marquesas.

Finalmente, tras 3 meses y 20 días de navegación, las naves de Magallanes fondearon en lo que hoy es la isla de Guam, tras más de 20.000 km sin tocar tierra –con mucha diferencia la mayor travesía oceánica jamás realizada hasta la fecha–. En el fondo de los mares –atados a una bala de cañón–dejaron un reguero de 29 muertos por el escorbuto. Muchos otros, con la enfermedad en estado avanzado, morirían en el siguiente mes. Una tragedia que podía haberse evitado fácilmente: miles de marinos habrían de morir hasta que la armada británica en 1795 impuso a todos la obligación de tomar cada día una cucharada de lima

El azar fue generoso con Magallanes y sus oficiales, y si durante la navegación no enfermaron fue porque comían de una reserva de membrillo, una fruta parecida a la manzana que es un potente antiescorbútico. Si no repartió dicha reserva entre la tripulación no fue por mala fe, sino por ignorancia –y de hecho la maniobrabilidad de las naves se vio comprometida por la falta de hombres sanos–. Pensaban que, por alguna razón, a ellos no les afectaban los “malos aires” que acababan con sus compañeros de viaje.

Aquel viaje –que luego completaría Juan Sebastián Elcano dando la primera vuelta al mundo y llegando a Sevilla tres años después de partir de aquella ciudad–, es considerado uno de los mayores acontecimientos de la Humanidad. Hasta los más descreídos tuvieron que aceptar la existencia de un solo mundo y, como dice Carlos Martinez Shaw, por primera vez se pudo concebir una Historia universal. Es imposible valorar en su justa medida la ampliación de los horizontes mentales que supuso la inauguración de una verdadera red de intercambios intercontinentales y un sistema económico mundial.

Hoy, como hace quinientos años, no debemos temer a la navegación que nos espera por aguas desconocidas y no debe importarnos lo extensos que sean los mares por atravesar. La historia económica arroja suficiente luz sobre el destino y el camino a seguir. Confiemos en que haya líderes valientes determinados a aplicar aquellas medidas contrastadas por la experiencia.

Al viaje de Magallanes le debemos, en parte, la evidencia de que los problemas globales se solucionan globalmente. Del mismo modo que él desechó viejas leyendas, hay que desoír a los nacionalismos y populismos, que coinciden en querer inculcarnos miedo al porvenir en la creencia de que, levantando unas imaginarias fronteras, se pueden gestionar mejor los retos que nos esperan.

Superaremos la siguiente crisis y las que vengan después.  Se trata de que el camino sea el menos doloroso. Una cierta dosis de fortuna puede ayudar a trazar el mejor rumbo, algo de humildad ayudará a reconocer que situaciones desconocidas forzosamente traerán problemas desconocidos –como el escorbuto–, y conviene tener perspicacia y agilidad para identificar soluciones.

Pero confiemos en que no falte audacia para seguir navegando hacia un futuro mejor para la humanidad con aquellos instrumentos de política económica que siempre han funcionado y que forzosamente pasan por profundizar en la globalización iniciada hace ahora medio milenio.

 

1 comentario para “Navegar por mares nunca transitados

  1. copitodenieve
    02/07/2019 at 11:14

    A veces tengo la impresión que algunos autores no han leído a Karl Polanyi y siguen pensando que todo bienestar se da por añadidura y gracia de las élites dominantes y que desde hace 500 años los conflictos armados entre estados, o dentro de cada estado, no han existido o han sido los imprescindibles porque el cuerno de la abundancia lo riega todo, y a todos, a la vez y con la misma intensidad.

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