El FMI de 2018 ya no es el del viejo Consenso de Washington

Esta semana el Directorio del FMI aprobará finalmente un acuerdo SBA con Argentina. Como veíamos en una entrada anterior, Argentina no debe temer al nuevo FMI que ha emergido tras la crisis financiera global. Como señala el historiador del Fondo, James Boughton, el FMI es una institución que a lo largo de su historia se ha adaptado a los cambios en la demanda, es decir, a los cambios en las condiciones políticas y económicas internacionales. Conviene recordar que, a diferencia del de 2003, el nuevo programa con Argentina es con el FMI post Gran Recesión, es decir, el del fin del Consenso de Washington.

En un documento de trabajo especialmente recomendable, Boughton sintetiza la historia de la evolución del FMI desde sus orígenes hasta 2004 (y por extensión, de la ortodoxia económica de las economías avanzadas) en 10 ideas y 10 acontecimientos históricos. Las 10 ideas tienen que ver con la evolución de la economía como ciencia, cronológicamente propone estas: economía keynesiana, aproximación monetaria a la balanza de pagos, modelo macroeconómico de economías abiertas, monetarismo, la defensa de los tipos de cambio flexibles, la nueva economía clásica, la “revolución silenciosa” de progresiva apertura y liberalización económica de los años 80, el Consenso de Washington de los 90 y el esquema monetario de metas de inflación.

Interesan más los 10 acontecimientos históricos; merece la pena repasarlos sintéticamente:

(i) la Conferencia de Paz de París de 1919, porque 25 años después, la negociación para crear el FMI tendría muy en cuenta el error que supuso que la Conferencia no hubiera abordado los asuntos económicos. (ii) La Gran Depresión, que daría paso a cuestionar la eficacia de los mercados y a la revolución keynesiana. (iii)  La Segunda Guerra Mundial, que impulsó el interés por reformar el orden económico internacional y la propia conferencia de creación del Fondo en 1944, antes de que la guerra acabara. (iv) La dispersión del poder económico internacional en los años 50, 60 y 70, con la recuperación de Europa y la emergencia de Asia y los países productores de petróleo, que supuso la erosión del papel hegemónico de EEUU, la ruptura del patrón oro y el paso a un esquema de tipos de cambio flexibles (Boughton también singulariza (v) la guerra de Vietnam como otro factor adicional en la caída de la hegemonía de EEUU).

(vi) La Guerra Fría, de forma que el Fondo se configuró como una institución del bloque capitalista y defensora del mecanismo de mercado. (vii) El proceso de independencia en África, que aumentó significativamente el número de países miembros e impulsó las políticas de promoción del desarrollo. (viii) La globalización de los mercados financieros internacionales, que redujo la importancia del Fondo como proveedor de recursos y aumentó su peso como catalizador de recursos privados y señalizador de calidad de las políticas de los países ‒cabría sumar que la intensificación de la globalización a partir de los 90 también daría lugar a las crisis por cuenta de capital (en lugar de por cuenta corriente) y a la financiación a gran escala‒. (ix) La crisis de deuda soberana de los años 80, que dio paso a un FMI como gestor de crisis internacionales (más que de países). (x) La caída del comunismo, que sumaría a los países del antiguo bloque soviético al FMI y supuso el desarrollo de políticas de transformación sistémica de estos países.

El principal acontecimiento desde 2004 es la crisis financiera global, que también ha supuesto un punto de inflexión en el FMI. El propio Boughton añade en 2014 la Gran Recesión como decimoprimer evento, aunque apenas lo desarrolla, apuntando que supone la vuelta de préstamos a países europeos, el desarrollo nuevas facilidades de crédito precautorias y una supervisión más centrada en las interrelaciones económicas internacionales. Más allá de los cambios en la política de préstamo o supervisión, lo más relevante desde el punto de vista de la cultura institucional del Fondo es que ha supuesto el fin del conocido como el “Consenso de Washington” acuñado por Williamson en 1990.

Este “consenso” acabaría identificándose como el conjunto de orientaciones de política económica que recetaba el FMI y que dominarían sus políticas y programas en los años 90 hasta la Gran Recesión, tanto oficialmente, como en la cultura institucional de la mayoría del staff. Sin perjuicio de matices, se trataba de una filosofía general de dejar funcionar a las fuerzas autocorrectoras del mercado y una reticencia a las estrategias de intervención pública bajo argumentos de imperfecciones de mercado. El núcleo de las recomendaciones de política económica pasaba por: la estabilización fiscal y monetaria, la liberalización de precios y tipos de interés, la apertura comercial y de movimientos de capital, y la privatización. No se trataba de reglas escritas en piedra, había especificidades por país, y el propio FMI cuestionó algunos de sus preceptos, especialmente la revisión de la liberalización de los movimientos de capital como consecuencia de la crisis asiática de segunda mitad de los años 90.

Sin embargo, el conjunto de políticas que se han aplicado como respuesta a la crisis ‒principalmente, políticas macroeconómicas expansivas y rescate y regulación del sistema financiero (la autorregulación no funciona) ‒ han roto este esquema. El “nuevo consenso” preconiza otro esquema de políticas económicas, entre otras (como hemos visto en distintas entradas en el blog): la efectividad de las políticas macroeconómicas a corto plazo y el rediseño de sus objetivos e instrumentos (por ejemplo, una política monetaria que concilie los objetivos de inflación y crecimiento, e incluso  de estabilidad del sistema financiero); la necesidad de intervenir ante los fallos de mercado o incluso de orientar el mercado; la atención al diseño de las reformas estructurales en función de su impacto, no solo sobre el crecimiento, sino sobre la igualdad; o aplicar políticas de incentivos para redefinir las relaciones entre los agentes, atendiendo, por ejemplo, a consideraciones de género o medioambientales.

Como veíamos, en el caso de programa de Argentina el “nuevo consenso” se traduce en una condicionalidad que es menos intrusiva y que se centra en variables macroeconómicas. En concreto, según ha anunciado el Fondo, se tratará finalmente de una el acuerdo SBA por 50,000 millones de dólares. El gobierno argentino ha anunciado en el memorando de intenciones unos objetivos de estabilización que incluyen: la reducción del déficit fiscal al 1,3% del PIB en 2019 (sin perjuicio de fijar, por ejemplo, un suelo para el gasto de asistencia social), una senda de reducción de la deuda pública al 55,8% del PIB en 2021 (del 57% actual) y una mayor extensión en el tiempo de la senda de desinflación, con objetivos del 17, 13 y 9 por ciento en los próximos 3 años, desde 2019 (en 2018, se espera un 27%).

 

1 comentario para “El FMI de 2018 ya no es el del viejo Consenso de Washington

  1. copitodenieve
    19/06/2018 at 13:43

    Después de lo ocurrido en Argentina durante los primeros años del siglo XXI parece complicado que la “vaca” pueda dar tanta leche como entonces, y por lo tanto imponer medidas tan duras como entonces las impuso el FMI puede resultar casi imposible.
    Decir que el FMI abandona la aplicación de las directrices del Consenso de Washington es más un deseo que una realidad.
    La diferencia entre lo que dicen y predican las distintas secciones de estudio y acompañamiento del FMI y las políticas que aplican sus órganos directivos muy otros.

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