Combatir la pobreza reduciendo la desigualdad

Durante muchos años el análisis de la distribución de la renta y de la desigualdad tuvo un carácter secundario dentro la teoría económica, y generalmente se estudiaba dentro de las teorías del desarrollo, es decir, en el marco de comparaciones entre países. La convicción general de que para poder redistribuir la riqueza había que generarla primero hizo que el análisis del crecimiento y sus determinantes acaparara gran parte de la atención académica.

Pero los tiempos cambian, y hoy en día el estudio de la desigualdad es uno de los ámbitos de investigación económica más pujantes. Autores como Thomas Piketty o Branko Milanovic –dignos herederos del gran Tony Atkinson– aparecen hoy en las listas de economistas más influyentes y sus libros en las listas de los más vendidos.

No obstante, aún son muchas las voces que defienden que lo importante no es combatir la desigualdad, sino terminar con la pobreza. Los argumentos empleados, sin embargo, suelen adolecer de tres errores: confundir la desigualdad a nivel internacional con la desigualdad interna o intranacional, subestimar la relación entre desigualdad y crecimiento y sobreestimar la relación entre redistribución y crecimiento.

Apuntes sobre estancamiento secular (I): inversión débil, PIB decaído

“Estancamiento secular”. Es desde luego un nombre rotundo, que de primeras parecería apuntar más a una condena bíblica o una maldición familiar de los Buendía, que a un postulado económico. Una rotundidad, en todo caso, coherente con la potencia de la tesis propuesta por Alvin Hansen en su célebre discurso ante la American Economic Association en 1938: según Hansen, existiría una deficiencia estructural en la demanda privada, que –en ausencia de factores exógenos (por ejemplo aumentos de población), innovación y/o un impulso cada vez mayor desde la inversión pública– tendería a ejercer una presión bajista creciente sobre los niveles de actividad económica.

Hacia el empleo digno universal, pero sin atajos (II)

Volvamos a la Carta de Madrid: “Cuando se trata de euros, nadie es más fuerte que la Unión Económica y Monetaria Europea (UME), y todos los límites financieros que la UME se impone, como también hacen los EEUU y otras autoridades políticas monopolistas de su propia divisa, son auto-imposiciones. Son opciones políticas justificadas con una narración falsa, son la plaga”. La idea es que el gasto público no tiene límite para un Estado que emite su propia moneda y puede financiarlo creando dinero. Con esta premisa, la vía hacia el Empleo Digno Universal en España o Italia es conseguir que el BCE financie directamente un aumento del gasto público. Este tercer atajo, inspirado en la Teoría Monetaria Moderna (MMT), podría funcionar durante algún tiempo en algunas economías, pero a la larga supondría una costosa involución.

Hacia un nuevo paradigma de la empresa (I): la Bolsa o la vida

Durante mucho tiempo la teoría económica consideraba que el objetivo de una empresa era maximizar su beneficio. A partir de los años 70 dos influyentes artículos de Milton Friedman y de Jensen y Meckling pasaron a considerar a los directivos de las empresas como meros agentes por cuenta de los accionistas, con intereses a veces dispares. Este nuevo enfoque –que ha sido el que ha predominado en la universidad y escuelas de negocios desde entonces– fue impulsado en el ámbito empresarial por el consejero delegado de General Electric, Jack Welch, cuyo discurso de 1981 en Nueva York (“Crecer rápido en una economía de crecimiento lento”) marcó el cambio de paradigma: lo que debían maximizar las empresas no era su beneficio, sino el valor (o la riqueza) para sus accionistas.

Sin embargo, muchos años después, en marzo de 2009 –en medio de la Gran Recesión–, el propio Welch criticó cómo se había aplicado su concepto, y señaló que la obsesión por los beneficios trimestrales y el incremento del precio de las acciones era “la idea más tonta del mundo”, y que una empresa se debía a sus empleados, sus clientes y sus productos. ¿Qué pasó para que cambiara de opinión?

Burning ice: ¿Será China la nueva superpotencia energética y medioambiental?

En los últimos meses, Estados Unidos y China parecen decididos a establecer un nuevo contexto geopolítico en el que ambas superpotencias intercambiarían sus papeles. Este canje de roles se puede observar de manera llamativa en política comercial, donde Estados Unidos considera la globalización un perjuicio para su país, mientras que China aboga de manera decidida por el libre comercio. Sin embargo, existe otro importante campo donde esta permuta de responsabilidades se está produciendo con una menor estridencia mediática: la política medioambiental.

Tony Atkinson nos deja una frontera más: recuperar para la economía su carácter de ciencia moral

El pasado 1 de enero murió Anthony B. Atkinson (Caerleon, RU, 1944 – 2017). El año ha empezado sin el padre del análisis de la desigualdad y uno de los arquitectos de la economía pública. Son áreas en las que este “ekanomista” trabajó durante casi medio siglo, en muchos casos, contracorriente (con un legado increíblemente prolífico de más de 350 artículos académicos y más de 40 libros), pero en las que llegó a ver cómo en los últimos años han pasado a formar parte de la corriente principal de análisis económico. Hoy en día, por ejemplo, el problema de la desigualdad ya es habitual en los análisis del FMI o la OCDE. Atkinson nos deja sin embargo una frontera adicional: recuperar el carácter de ciencia moral de la economía.

Hacia el empleo digno universal, pero sin atajos (I)

El pasado 25 de enero se celebró en el Círculo de Bellas Artes de Madrid la Conferencia MMT Desempleo 0%, organizada por las redes española e italiana del movimiento MMT (siglas en inglés de Teoría Monetaria Moderna). Allí se presentó la Carta de Madrid, un documento que pretende iniciar un recorrido de debate político y propuestas legislativas. En el segundo párrafo de la introducción, se atribuye la responsabilidad de la plaga de la austeridad a un elenco en el que figuran al mismo nivel Pinochet y Mitterrand, junto con el FMI y la UE. Aunque este comienzo bastaría ya para dejar de leer, conviene armarse de valor y seguir, puesto que la Carta plantea un debate de fondo sobre la política económica actual, basándose en la economía post-keynesiana (que de manera provisional asociaremos con los discípulos más fieles de Keynes).