¿Qué puede hacer el G20 ante Trump?

Con la llegada de la administración Trump se ha planteado en los medios de comunicación una creciente duda sobre la capacidad del G20 para salvar la globalización. La ausencia en el comunicado de la reunión de ministros y gobernadores de marzo en Baden-Baden de una condena al proteccionismo –se ha sustituido por un “trabajamos para fortalecer la contribución del comercio a nuestras economías”–, o de un apoyo al acuerdo de París sobre el cambio climático, se han interpretado como un triunfo de la nueva administración americana. Más allá de lo simbólico de las palabras de un comunicado, ciertamente, el G20 enfrenta un reto para frenar el creciente impulso antiglobalizador (Trump, Brexit, o extremos políticos en Europa), pero, precisamente es el foro mejor equipado para hacerlo; desde su redefinición en 2008, es, ante todo, un foro útil para la gestión de crisis.

Hacia el empleo digno universal, pero sin atajos (y III)

La Unión Monetaria Europea no ha satisfecho hasta el momento la expectativa de prosperidad con la que se creó. Los últimos años han ampliado la brecha entre un grupo de países que parecen estar muy cerca del objetivo del empleo digno y otro grupo donde el paro, la precariedad y los recortes han hecho estragos. Es fácil caer en la tentación de explicar esta divergencia en clave solo de la calidad de las políticas y de las instituciones nacionales. Pero desde que pusimos en común la moneda, los países del euro formamos un área macroeconómica, de manera que solo desde el conjunto se puede atisbar el camino hacia el Empleo Digno Universal. Que pasa por corregir el pecado original de la política macroeconómica del euro, invertir más y mejor en políticas activas de empleo y profundizar el modelo de flexibilidad negociada pero reforzando la posición y la capacidad de decisión de los trabajadores.

Desigualdad, evidencia empírica y política económica

En las últimas semanas ha habido un interesante debate sobre desigualdad, crecimiento y bienestar en prensa y blogs, fundamentalmente entre los economistas Juan Ramón Rallo y Manuel Hidalgo (con Romero, López, Díaz y Barragué), en esta secuencia: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 y 8, complementados desde nuestro blog con este artículo y este otro.

Las discusiones han sido intensas. El problema es que la economía está llena de matices y no siempre estos se perciben en las discusiones. Por eso creemos que es bueno intentar contribuir al debate y hacer un balance de lo que hoy en día podemos considerar hechos estilizados en el ámbito de la desigualdad de rentas y el crecimiento (dejamos fuera el ámbito de la relación entre desigualdad y felicidad por no alargar el post), para después hacer unas reflexiones sobre el propio debate, la evidencia empírica y la política económica.

Si Keynes volviera a Alemania

Desde el sur de Europa es difícil formular una crítica creíble de la política económica que ha venido defendiendo el gobierno alemán desde 2009. La economía alemana está en pleno empleo y tiene un ligero superávit público, además de un abultado superávit corriente. El contraste con los registros de España, Italia o Portugal es notable. Quien se aventure a cuestionar la política de los gobiernos Merkel se arriesga a ser tratado como un ciego ante el peso de la evidencia o como un envidioso del éxito alemán. Jörg Bibow, que no sufre estos problemas, acaba de publicar un Working Paper en el que explica los orígenes del anti-keynesianismo en Alemania, al que responsabiliza de la crisis del euro.

Movilidad intergeneracional: la Curva del Gran Gatsby

Uno de los pilares de la aproximación liberal a la economía pasa por la distinción entre fuentes legítimas e ilegítimas de desigualdad. La desigualdad vinculada al esfuerzo de los individuos es deseable, sin embargo, la asociada a circunstancias no controlables por el individuo ‒por ejemplo, la discriminación social, de género o raza, o el contexto o herencia socioeconómica familiar‒ debe ser compensada para garantizar una verdadera igualdad de oportunidades entre los ciudadanos. En otras palabras, la desigualdad es aceptable, siempre y cuando exista la posibilidad de movilidad social (el sueño americano). En los últimos años, en un contexto de creciente desigualdad en la distribución de la renta, se ha planteado un debate en torno a cuánto esta desigualdad entre los padres puede determinar la capacidad de movilidad social de los hijos, es decir, cuánto se hereda la desigualdad.

Trump y el reflejo de Hoover

En el año 1928 una gran parte de la población de Estados Unidos se sentía descontenta. La tecnología y la globalización habían puesto a los agricultores en una precaria situación: los vehículos de motor habían desplazado a los animales de carga y generado un excedente agrícola que presionaba a la baja precios y salarios, y al que no podía darse salida por el competitivo precio de las importaciones, que se percibían como una amenaza.

En paralelo, la inmigración mexicana se consideraba un problema. A los numerosos mexicanos que decidieron quedarse en los territorios incorporados a Estados Unidos tras la guerra de 1848 se sumaron los exiliados y desplazados por la revolución mexicana de 1910-1920. Muchos trabajaron en la minería, la industria o los ferrocarriles y favorecieron la expansión americana, pero con la crisis de 1920-21 comenzó una agresiva campaña anti-inmigración que se tradujo en 1924 en la creación de una Patrulla Aduanera en la frontera con el país vecino (el muro no comenzaría a construirse hasta setenta años después).

El futuro de la UE: mejor Europa y explícitamente a la carta

Este año se celebra el 60 aniversario del Tratado de Roma, constitutivo de la Comunidad Económica Europea (firmado el 25 de marzo de 1957). 2017 se plantea así como un año de reflexión, que debe empezar con una pausa y una mirada atrás de lo mucho alcanzado, para mirar hacia el futuro. Como siempre, la coyuntura política marcará el paso, y los vientos no son muy favorables al más Europa tras el Brexit, la crisis de la inmigración y el giro hacia opciones políticas que vuelven a primar lo nacional –tanto en los partidos en los extremos (en muchos casos, en la derecha del espectro político en los países acreedores, y en la izquierda, en los deudores), como en los tradicionales partidos liberales y socialdemócratas, que han reducido su ambición pro europea–. En 2017 será difícil avanzar dado el calendario electoral: elecciones en Países Bajos (15 marzo), Francia (23 abril y 7 de mayo en 2ª vuelta), Alemania (24 septiembre) y probablemente también en Italia. Pero quiero ser optimista a partir de 2018 (si se supera la fecha clave del 7 de mayo); se puede avanzar si la estrategia de las distintas velocidades se asume explícitamente como el día a día de Europa.