Los límites morales del mercado

Aunque con notables excepciones como Tony Atkinson o Jean Tirole, los economistas han tendido a defender un análisis económico supuestamente ausente de juicios de valor. Sin embargo, las consideraciones de tipo moral están empezando a ocupar un creciente peso en el análisis de política económica. En este sentido, es reseñable que en la reunión anual de la American Economic Association, probablemente la más relevante reunión de economistas –no solo por el número de asistentes, sino por el nivel de los participantes– se dedicara una sesión a la distribución dirigida por Matthew Weinzerl (Harvard), incluyendo consideraciones de carácter moral. No se trata de cuestionar la utilidad de los típicos análisis coste-beneficio, sino de reconocer que no deben representar la única base en la toma de decisiones.

No todos los economistas eluden los juicios de valor o consideraciones de carácter moral. Tony Atkinson ha reclamado para la economía su carácter de ciencia moral y Jean Tirole, premio Nobel de Economía (2014), en su reciente libro sobre “La economía del bien común” dedica un capítulo completo a tratar sobre los límites morales del mercado, estableciendo una clara diferencia entre dichos límites y los fallos del mercado. Junto a los fallos de mercado tradicionales de la asimetría informativa y las externalidades (positivas o negativas), Tirole señala el problema de las internalidades, es decir, situaciones en las que el comportamiento de un individuo va contra su propio interés, lo que también exigiría la intervención en el mercado para corregir o paliar este tipo de fallo.

El caso de las internalidades merece un comentario particular porque intervenir en el mercado para evitar que el agente económico tome decisiones que van en contra de su propio interés tiene connotaciones de paternalismo al menoscabar la libertad del individuo. Sin embargo, la experiencia pone de manifiesto que el comportamiento humano suele mostrar en sus decisiones un sesgo hacia el presente, lo que se conoce como procrastinación, es decir, la tendencia a diferir las tareas más desagradables, y en consecuencia subestimar sus necesidades futuras. Por ejemplo, el Estado interviene para asegurar las pensiones, bien incentivando el ahorro en los sistemas de capitalización, bien imponiendo contribuciones obligatorias en los sistemas de reparto. Similar es el caso de la droga: el consumidor minusvalora las consecuencias a largo plazo mientras que la sociedad más consciente de estos efectos impone limitaciones al comercio o incluso llega a prohibirlo.

Muy distinto es el caso de los limites morales al mercado que se derivan de posiciones éticas o de repulsa hacia determinados tipos actividades. Veamos algunos de estos ejemplos que plantean problemas muy actuales como son los casos del comercio de órganos, las madres de alquiler, o las limitaciones del mercado vinculadas a la dignidad de las personas.

La donación de órganos entre vivos está limitada a familiares o personas próximas al receptor que, además, por exigencias de compatibilidad, deben tener el mismo grupo sanguíneo. Estas condiciones reducen considerablemente la disponibilidad de órganos de forma que la demanda es muy superior a la oferta y podría aumentar considerablemente de autorizarse el comercio de órganos, como sería el caso del trasplante de riñón. Como señalaba Gary Becker, premio Nobel de Economía (1992) la falta de donantes significa la muerte de miles de personas. Los detractores de este comercio al que califican de “repugnante” argumentan que se trata de una decisión irreversible que solo sería asumida en situaciones de gran necesidad, al final se convertiría en una explotación de las personas más desfavorecidas.

Frente al dilema moral entre salvar vidas o la explotación de desfavorecidos se han buscado soluciones que faciliten los trasplantes sin recurrir a la remuneración al donante. Alvin Roth, premio Nobel de economía (2012) especializado en el área que se conoce como diseño de mercado (market design), ha propuesto un sistema de emparejamiento (matching) poniendo en contacto parejas donante/receptor no compatible, pero con compatibilidad cruzada. El trasplante se lleva a cabo simultáneamente en cuatro salas, de forma que el donante de una pareja cede su riñón al receptor de la otra, y viceversa.

La gestación subrogada –conocida también como vientre de alquiler– plantea posiciones morales similares. Existe una reticencia social a su mercantilización, pero al mismo tiempo suele considerarse aceptable cuando se lleva a cabo por motivos altruistas. En este caso, la diferenciación entre lo mercantil y lo altruista puede resultar difícil de establecer, porque la persona gestante siempre deberá recibir una contraprestación económica, no solo por los gastos del embarazo, sino por la pérdida de empleo en que pueda incurrir durante la gestación. En todo caso, se trata de una actividad que requerirá de una regulación muy precisa. En particular, en el caso de la subrogación gestacional en el que la fecundación se realiza in vitro, de forma que la persona gestante no tiene relación genética con el hijo y podría llegar a utilizarse con la única finalidad de ahorrarse las molestias de un embarazo.

El respeto a la dignidad de la persona es otro de los límites que suelen imponerse al mercado. Un caso curioso se presentó en Francia en relación con el espectáculo de una discoteca consistente en el lanzamiento de enanos a la mayor distancia posible. Era una actividad plenamente consentida por las partes y bajo medidas de seguridad: utilización de un casco y de colchones. El espectáculo fue prohibido, pero un enano presentó un recurso ante una instancia superior reclamando el derecho a ejercer su oficio, consiguiendo levantar la prohibición. En último término el asunto llegó hasta el Consejo de Estado que señaló en su dictamen que el respeto a la dignidad de la persona forma parte del orden público, prohibiendo este tipo de actividades. Además, las asociaciones de personas de pequeña talla señalaron que no se trataba únicamente de la dignidad de quien se prestaba a participar, sino que se creaba una externalidad negativa al afectar la imagen de las personas de pequeña talla.

El respeto a la dignidad de la mujer es también un argumento central en el rechazo a la legalización de la prostitución, por dejar a un colectivo totalmente desprotegido y expuesto a la explotación por parte de los proxenetas. Resulta curioso que en la prostitución se hable tan solo de pérdida de dignidad de la mujer cuando es realmente el hombre quien demuestra un comportamiento indigno. Afortunadamente, la sociedad parece estar cambiando el foco de la indignidad, como pone de manifiesto la creciente repulsa social ante el comportamiento de personajes públicos bien conocidos que han utilizado su posición o influencia para satisfacer su sexualidad.

Atkinson también planteaba la importancia de la moral en el caso de las decisiones sobre la distribución. En este sentido, es reseñable que The Economist señalara cómo la reforma fiscal de Donald Trump se ha centrado principalmente en su impacto sobre las variables económicas, sin entrar en consideraciones sobre si resulta éticamente aceptable una reforma claramente regresiva después de años de estancamiento de los salarios y creciente desigualdad.

Como señala Jean Tirole, tener en cuenta los límites morales en las recomendaciones de política económica es relevante, no para aceptarlos prima facie, sino para analizar sus fundamentos, su consistencia con los objetivos buscados y, en último término, para diseñar mecanismos alternativos de asignación. Más aun, los principios morales se han desarrollado a lo largo tiempo y, en definitiva, responden a problemas sociales revelados en el pasado que deben informar los del presente y el futuro.

 

1 comentario para “Los límites morales del mercado

  1. copitodenieve
    13/03/2018 at 19:02

    El capitalismo tiene sus bases ‘morales’ en la consecución del máximo beneficio que los individuos como productores o consumidores logren con sus intervenciones en el proceso productivo y distributivo, lo demás suena a justificaciones para mantener un sistema social cuyas hipótesis de partida son irreales.

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