Desigualdad, evidencia empírica y política económica

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on LinkedInEmail this to someonePrint this page

En las últimas semanas ha habido un interesante debate sobre desigualdad, crecimiento y bienestar en prensa y blogs, fundamentalmente entre los economistas Juan Ramón Rallo y Manuel Hidalgo (con Romero, López, Díaz y Barragué), en esta secuencia: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 y 8, complementados desde nuestro blog con este artículo y este otro.

Las discusiones han sido intensas. El problema es que la economía está llena de matices y no siempre estos se perciben en las discusiones. Por eso creemos que es bueno intentar contribuir al debate y hacer un balance de lo que hoy en día podemos considerar hechos estilizados en el ámbito de la desigualdad de rentas y el crecimiento (dejamos fuera el ámbito de la relación entre desigualdad y felicidad por no alargar el post), para después hacer unas reflexiones sobre el propio debate, la evidencia empírica y la política económica.

Podemos atrevernos a enumerar los siguientes hechos estilizados:

  1. La desigualdad de rentas basada exclusivamente en una mayor capacidad, esfuerzo e innovación (desigualdad de resultados o de mercado) favorece el crecimiento, siempre que se parta de una base de igualdad de oportunidades.

La desigualdad de renta genera incentivos al trabajo, la formación y el ahorro, por la búsqueda de oportunidades y la esperanza de una vida mejor. También incentiva probablemente la innovación y la actividad empresarial. Eso es cierto, y no lo niega nadie (ni Piketty). Pero eso sólo se cumple siempre que capacidad y esfuerzo conduzcan a una mejor situación: para ello es preciso que haya movilidad entre clases sociales, y por tanto una mínima igualdad de oportunidades. Así, la falta de un sistema sanitario o educativo accesible y asequible o la carencia de necesidades básicas hace imposible formarse, ahorrar, ni prosperar.

  1. La desigualdad de rentas derivada de factores no vinculados a una mayor capacidad, esfuerzo e innovación (desigualdad de oportunidades o estructural) perjudica al crecimiento.

Este es el ámbito de la teoría de la desigualdad que más se ha desarrollado recientemente. La idea es que cuando las posibilidades de formarse y prosperar vienen fuertemente condicionadas por factores externos, o por fallos de mercado o institucionales, la capacidad y el esfuerzo pueden resultar insuficientes y la movilidad social hacerse imposible. En ese caso, la desigualdad perjudica el crecimiento por varias vías: deteriora el capital humano (ante la imposibilidad de formarse o el riesgo económico de enfermedad), rompe la cohesión social (generando tensiones sociales), eleva el riesgo político (por reclamaciones de una sociedad más justa, por el mayor coste político de defender políticas de crecimiento basadas en el comercio o la liberalización) y eleva el riesgo financiero (obliga a las clases medias y bajas asumir un mayor endeudamiento para cubrir sus necesidades, en un contexto de exceso de ahorro y bajos tipos de interés, sentando el germen de una crisis financiera o dificultando la recuperación tras una crisis). Es importante destacar que estos factores no sólo reducen la cuantía, sino la calidad y duración del crecimiento.

  1. A igualdad de condiciones restantes, la desigualdad es más relevante en los tramos bajos de renta que en los tramos altos.

Es lógico pensar que un empobrecimiento de las rentas medias y bajas tiene un efecto bastante negativo sobre el crecimiento, ya que una caída de su renta provoca una caída de su consumo proporcionalmente mayor e incentiva el sobreendeudamiento. Por otro lado, un aumento de las rentas altas, por sí mismo, no tiene por qué ser negativo, o incluso puede ser positivo, si el nivel de partida de las rentas medias es razonable y no se deteriora como consecuencia de dicho aumento. La evidencia empírica para las rentas altas es dispar, pero los efectos detectados sobre el crecimiento son mayoritariamente nulos o ligeramente positivos. Eso no implica necesariamente que un incremento de las rentas más altas sea inocuo, especialmente si es simultáneo con un progresivo deterioro de las clases medias (aunque no se derive del primero).

  1. A igualdad de condiciones restantes, la desigualdad es más relevante en los países en desarrollo que en los países desarrollados

Por el mismo motivo, no es lo mismo que aumente la desigualdad en un país rico donde la mayoría de la población tenga las necesidades cubiertas, que en un país pobre. En un país pobre un aumento de igualdad suele ir asociado a una mayor estabilidad y desarrollo de una clase media, mientras que en un país ya desarrollado un aumento forzado de la igualdad podría implicar desincentivos al esfuerzo. La evidencia empírica es dispar, pero en general encuentra efectos negativos en países en desarrollo y entre negativos y positivos en países desarrollados. Un aumento de la desigualdad puede perjudicar el crecimiento estos últimos, porque un deterioro de la clase media probablemente tiene efectos negativos por la vía de los canales político, financiero o de demanda agregada.

  1. La evidencia empírica no es inequívoca, pero actualmente alerta de los riesgos de los efectos negativos de la desigualdad estructural sobre el crecimiento y su estabilidad.

La evidencia empírica de los años 90 se centró en la relación entre desigualdad y crecimiento a largo plazo desde un punto de vista intertemporal, en función de las decisiones de imposición, y afirmaba que era negativa (porque una mayor desigualdad provocaba mayores impuestos para corregirla, lo que a largo plazo desincentivaba el crecimiento). Posteriormente se centró en las diferencias entre países desarrollados y en desarrollo y entre niveles de renta individual.

La Gran Recesión de 2008 y el aumento de las desigualdades en gran parte de los países desarrollados hizo aumentar considerablemente los estudios empíricos sobre los riesgos derivados de la desigualdad estructural. A día de hoy, los principales organismos internacionales que analizan estos factores (FMI y OCDE) coinciden en destacar los riesgos de la desigualdad sobre el crecimiento. El resultado no es indeterminado, sino que por el momento se considera que afecta de forma negativa a la cuantía del crecimiento y a su duración. El FMI, por ejemplo, cree que la desigualdad reduce el crecimiento tanto en países en desarrollo como desarrollados: el canal principal en los primeros es el político, y en el de los desarrollados el financiero (sobreendeudamiento). La OCDE cree que el factor determinante en ambos es el deterioro del capital humano. Quizás los organismos internacionales se equivoquen (a veces lo hacen), pero sin duda marcan bastante la tendencia, y no solo eso, sino que actúan en consecuencia: asumen la desigualdad como una de las variables clave en sus programas y recomendaciones.

La cuantificación de dichos efectos es difícil de precisar, y varían según los autores y según los grados de desarrollo de los países y los niveles de renta (ver cuadro). La evidencia empírica es por supuesto importante, pero alguna es más relevante que otra, y es lógico que esté sujeta a mayor escrutinio aquella que ofrece unos resultados contradictorios con los esperables.

Evidencia empírica y política económica

Podemos perdernos en mares de evidencia empírica y discutir si la relación entre desigualdad y crecimiento es o no lineal, qué tipo de datos usar, o si es mejor usar un método de estimación u otro para solucionar los serios problemas de identificación. Lo que es indudable es que la relación entre desigualdad y crecimiento es muy compleja y los estudios son muy sensibles a los métodos empleados y a la inclusión o no de determinadas variables. La evidencia empírica es una herramienta imprescindible en economía, pero cuanto más complejo es el modelo menos sirve como instrumento de refutación o confirmación absoluto, y la acumulación de evidencia pasa a ser más importante que cada resultado aislado. La obligación de un economista es explicar la realidad económica, y contrastar las explicaciones con los datos. Y cuando los datos ofrecen paradojas, intentar encontrarles una explicación lógica.

En el debate de las últimas semanas, Rallo hace bien al aportar evidencia empírica que ayuda a matizar la idea de que la desigualdad es siempre mala, porque no toda lo es. Tiene razón también cuando matiza que los efectos de la desigualdad suelen ser más nocivos en los países en desarrollo –con altos niveles de desigualdad inicial– que en los países desarrollados; o en niveles bajos de renta más que en los niveles altos.

Pero el problema es afirmar categóricamente que la evidencia empírica es “a priori indeterminada” respecto a sus efectos sobre el crecimiento y, sobre todo, que “la desigualdad en los países desarrollados no tiene efectos negativos sobre el crecimiento”, cuando las instituciones económicas (en particular el FMI y la OCDE) afirman que en que en las últimas décadas sí son claramente negativos. Quizás estos efectos no eran tan evidentes hasta la Gran Recesión. ¿Son despreciables los canales político, de demanda agregada o de endeudamiento (estos dos últimos curiosamente no mencionados ni por Rallo ni por Hidalgo et al., pese a su importancia para el FMI)? Porque canales siempre hay entre desigualdad y crecimiento. ¿Es realmente suficiente un aislado meta-análisis para afirmar sin atisbo de duda que los efectos de la desigualdad “no son económicamente relevantes” para el crecimiento en los países desarrollados (cuando además dicho análisis no niega que haya relación entre desigualdad y crecimiento, simplemente que es demasiado sensible a pequeñas variaciones en tipo de datos, submuestras y métodos de estimación como para establecer un patrón inequívoco)? Si tan irrelevantes fueran, el FMI debe de estar sobreactuando al considerar la desigualdad una pieza fundamental de sus recomendaciones (incluidas para EEUU, donde consideran un serio riesgo para el crecimiento la polarización de rentas).

Nuestro blog es un blog de política económica, y por eso para nosotros lo más importante del debate es qué conclusiones podemos sacar. El problema de las afirmaciones categóricas, pese a la evidencia tan dispar y cambiante con los años, es que pueden llevar a categóricas recomendaciones de política económica: si se afirma que la relación entre desigualdad y crecimiento es nula o positiva para países desarrollados, cabría deducir que en los países desarrollados lo mejor es no hacer nada: que el Estado se esté quieto y se limite a dejar que el mercado funcione. Cuando si hay algo claro es que la evidencia empírica en este tema es muy compleja, sostener literalmente que la desigualdad en los países desarrollados “no es relevante” hace pensar que se está “forzando” la interpretación de la evidencia empírica (y esa es la esencia, a mi juicio, de la crítica de Hidalgo, Romero, López, Díaz y Barragué). De hecho, el estudio de Neves et al (2016), fuente de gran parte de las discusiones, sostiene en sus conclusiones que las autoridades deben considerar, más que un patrón general entre desigualdad y crecimiento, “la existencia de efectos específicos y particulares que difieren de un país a otro y de una región a otra y que varían con el tipo de desigualdad y el lapso de tiempo considerado”, y desde luego afirman que “políticas destinadas a reducir la desigualdad en los países en desarrollo son deseables, ya que es probable que tengan un impacto positivo sobre el crecimiento económico”; y dicen también que “habría que complementar este análisis con la literatura empírica sobre canales de transmisión entre desigualdad y crecimiento”. Nada que objetar a estas conclusiones, que en absoluto dicen que la desigualdad en renta sea inocua en países desarrollados (quizás considerando canales como el endeudamiento o shocks en la propensión al consumo).

Lo que es cierto es que la desigualdad ha aumentado en muchos países (desarrollados o no), y a nuestro juicio es importante preguntarse al mismo tiempo: ¿Ha caído la igualdad de oportunidades? ¿Existe verdadera movilidad social en los países desarrollados, como España? ¿Se hereda –y por tanto perpetúa– la desigualdad? Porque si la igualdad de oportunidades ha caído, las políticas para restaurarla (reducción de pobreza, educación infantil, políticas activas de empleo) no son malas ni para la eficiencia ni para el crecimiento. ¿Cómo redistribuimos para garantizar la igualdad de oportunidades sin minar el crecimiento? ¿Vía impuestos? ¿Vía gastos? Si hace falta subir los impuestos, ¿hay que gravar más el capital? Ahí comenzará un nuevo debate teórico y empírico. Bienvenido sea.

Porque al final, hay quien piensa que los economistas pueden limitarse a exponer un argumento teórico, un modelo o un estudio empírico y dejar que las recomendaciones de política económica se extraigan solas. Pero la economía no se hace en el vacío. Quien eso crea está privando a la economía de su carácter de ciencia social y a los economistas –en tanto que científicos– de su importante responsabilidad en la solución de los problemas humanos.

 

 

EVIDENCIA EMPIRICA DE RELACIÓN ENTRE DESIGUALDAD EN RENTA Y CRECIMIENTO

Desigualdad general (efectos variables)

Efectos generales sobre el crecimiento Alesina and Rodrik 1994 (negativo, vía imposición); Persson and Tabellini 1994 (negativo, vía imposición); Clarke 1995 (negativo, vía presiones redistributivas e impuestos); Perotti 1995; Banerjee & Duflo 2003 (cambios en distribución de cualquier signo reducen crecimento, especialmente en niveles muy altos y muy bajos de desigualdad; dudas sobre linearidad modelo); Davis & Hopkins 2008 (escasos, todo dependen de instituciones); Herzer & Vollmer 2012 (negativo); Halter et al. 2014 (negativo); Ostry, Berg & Tsangarides 2014 (negativo); Cingano 2014 (negativo); Castells-Quintana & Royuela 2017
Efectos según nivel de renta individual Cingano 2014 (nulo en rentas altas), Dabla-Norris et al. 2015 (ligeramente negativo en rentas altas), Voitchovsky 2005 (positivo en rentas altas)
Efectos según nivel de desarrollo Forbes 2000 (positivo a medio y corto plazo, especialmente países desarrollados), Barro 2000 (negativo en PED, positivo PD, nulo en total); Bengoa & Sanchez-Robles 2005 (negativo en PED, positivo en PD);  Galor & Moav, 2014 (positivo en PED por acumulación capital físico, negativo en PD por acumulación capital humano); Castelló-Climent 2010 (negativo PED, nulo o positivo en PD); Khalifa & El-Hag 2010 (negativo PED, nulo en PD); Castells-Quintana and Royuela 2011 (depende de proceso de urbanización); Herzer & Vollmer 2012 (negativo en PED y PD); Cingano 2014 (negativo en ambos); Kolev & Niehues 2016 (negativo en PED, nulo en PD)
Efectos sobre duración de crecimiento Berg and Ostry 2011 (negativo); Cynamon & Fazzari 2014 (negativo vía menor demanda por deuda)
Meta-análisis Dominicis et al. 2008; Kraay 2015; Neves et al. 2016

Desigualdad estructural (efectos generalmente negativos)

Canales Estudios
Riesgo político (inestabilidad política y riesgo de conflicto) Alesina and Perotti 1996 (vía menor inversión); Barro 2000; Easterly 2007 (calidad instituciones); Ehrhart 2009
Riesgo político (presión de lobbies) Alesina and Rodrik 1994 (vía impuestos); Persson and Tabellini 1994 (via derechos de propiedad); Bénabou  2002; Banerjee & Duflo 2003; Claessens and Perotti 2007 (regulación financiera débil socializa riesgos);Acemoglu  and  Robinson  2008Stiglitz 2009;
Imperfecciones del mercado de capitales (actúa más vía capital humano y riqueza). Aghion et al. 1999 (riqueza); Galor and Zeira 1993 (capital humano), Deininger  and  Squire 1998 (via dotación riqueza-tierra); Chaudhuri & Ravallion 2006 (capital humano); Easterly 2007 (capital humano); Cingano 2014 (capital humano)
Fertilidad e inversión en educación Barro 2000; Ehrhart 2009
Riesgo de demanda (reducción del tamaño de la clase media) Murphy, Schleifer  and  Vishny  1989 (industrialización crea efectos desbordamiento demanda); Alichi, Sole & Kantenga 2016 (vía reducción de la propensión al consumo, sólo EEUU)
Riesgo financiero (sobreendeudamiento) Berg and Sachs 1988; Rajan  2010; Kumhof et al. 2013; Cynamon & Fazzari 2014

Desigualdad de mercado (efectos generalmente positivos)

Canales Estudios
Mayor ahorro y acumulación de capital y mayor inversión Kaldor 1956, Chaudhuri & Ravallion 2006; Galor 2009
Economías de escala Aghion et al. 1999 (Inversión agregada e indivisibilidad del capital); Fallah  and  Partridge  2007 o Castells-Quintana and Royuela 2011 (urbanización)
Mayor innovación e emprendedor Mirrlees 1971, Lazear and Rosen 1981
Incentivos al trabajo y asunción de riesgos WDR 2006
Redistribución y crecimiento
Efectos sobre crecimiento Chen 2003 (positivo si hay gran desigualdad, negativo si hay gran igualdad); Saint-Paul & Verdier  1996 (positivo: sociedades con menos redistribución crecen menos); Ostry, Berg & Tsangarides 2014

 

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on LinkedInEmail this to someonePrint this page

4 comentarios para “Desigualdad, evidencia empírica y política económica

  1. juan
    23/03/2017 at 14:11

    Me parece esta entrada un ejemplo de lo que deberían ser estas discusiones, serenas, argumentando, ponderando los argumentos del otro y no entrar en descalificaciones.

    En mi opinión Rallo, aunque sus enfoques sean polémicos, es una persona muy capaz, y sobretodo libre, desde la izquierda rechinan muchos de sus argumentos pero es que desde la derecha su defensa de la inmigración como derecho también rechina. Personalmente discrepo en el 90% de sus tesis y sin embargo me gusta como plantea los temas porque desafía intelectualmente, y obliga a que cada uno se cuestione sus tesis y asuma ciertas contradicciones.

    A mi me pareció mal una réplica que contenía la palabra desvergüenza en el segundo título, juzgar la presunta mala intención del otro (incluso aunque pudiese tenerla) cuando dar respuesta no es fácil es tratar de jugar con ventaja.

    • Enrique Feás
      27/03/2017 at 02:58

      Gracias, Juan. Rallo es sin duda una persona capaz, y obliga a esforzarse en la argumentación. Eso es positivo. El problema es que a menudo cae en falacias argumentales (de argumentos correctos saca conclusiones incorrectas). En este caso, creo que incurre en una falacia ad ignorantiam: para él la ausencia de evidencia empírica de una relación negativa general entre desigualdad y crecimiento válida para todos los países desarrollados se convierte en la demostración de la evidencia de ausencia de relación entre desigualdad y crecimiento en cualquier país desarrollado.
      Respecto al artículo de Hidalgo y otros, ya han explicado que hubo ediciones en su artículo original (que publicaron en Agenda Pública), y en cualquier caso se disculparon y reconocieron su error en el tono, lo que les honra.

      • juan
        27/03/2017 at 10:51

        Es general en todos dar peso a aquello que refuerza la posición de partida (o preferencia del autor) y relativizar o infraponderar aquello que no viene tan bien a la idea que defiende uno. Creo que esas cosas son comunes en ambos lados. Estoy de acuerdo en lo que comentas de Rallo, pero no es menos cierto que los informes de Oxfam pecan de lo mismo por el otro lado, hablan de unas pocas familias que tiene más que el tercio más pobre sin especificar que esos son jóvenes que aún no han podido ahorrar nada, y que lo único que tienen es un capital humano que no se contabiiza. Creo que se necesita un nuevo pacto social y creo que ninguna de las partes se esfuerza en ponerse en los zapatos del otro, cada uno “visualiza los datos” a conveniencia. Los pro renta básica consideran que aquellos que no ven claro ese modelo “están en contra de reducir la pobreza”, los liberales ignoran que incluso con la mejora al acceso de oportunidades educativa los puntos de partida de todos aún son muy dispares, etc.

        • Carlos Gallego
          29/03/2017 at 11:44

          Perdonad que entre en este debate a dos, pero creo que Juan, si se me permite, y aunque coincido completamente en los argumentos de fondo, cae en una trampa dialéctica muy común, que es valorar o juzgar de igual manera, a actores que no tienen los mismos objetivos: el de Rallo supuestamente es hacer ciencia económica, por lo cual a la hora de la crítica se le debe aplicar con todo el rigor la metodología científica. El caso de Oxfam es muy diferente, su intención es digámoslo así, divulgar el problema de la pobreza y la desigualdad en el mundo, para lo cual se vale de herramientas de todo tipo, incluyendo técnicas comunicativas que no pasarían un mínimo filtro dentro de un proceso científico. Estoy de acuerdo en que los informes de Oxfam pecan de lo mismo, e incluso yo diría que son claramente menos rigurosos científicamente hablando , el problema es que ese no es su objetivo último, y no se le debería aplicar, por decirlo otra vez así, el mismo rasero. Por mucho que lo pretendan, esos informes de OXFAM todavía no se esgrimen durante la falsación o acreditación de hipótesis cientificas en los diferentes campos de la economía…. por ahora.

          El que desaprobemos los métodos de OXFAM para sensibilizar sobre determinados asuntos, no debe hacernos olvidar que la responsabilidad de la comunidad científica a la hora de evaluar a sus pares es la piedra de toque del avance científico. Las “regulares” artes de divulgación de OXFAM deberian encontrar sus enemigos, no por contraposicion a Rallo u otros, sino por el analisis de sus estrategias de comunicación. algunas veces ciertamente mejorables.

          Y hay aun quien dice que la economia es no es una ciencia social!!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *